Las Velas, por Tomás Linden

Cuando ordenaba la compilación de los sonetos de Tomás Linden, “el sueco de Patanemo”, uno de los miembros de la infame turba de discípulos y contertulios de Blas Coll, encontré entre sus papeles el relato “Las velas”, en un viejo recorte de la revista La piedra, donde fue reproducido a fines de 1959 junto con algunos datos sucintos acerca del autor.

De Linden, que escribía el español “con dieciocho vocales en la cabeza”, según su propia confesión, he escrito más extensamente en el prefacio de su libro El hacha de seda. Allí he mencionado también su Álbum de primeros versos, una breve colección anterior a sus famosos sonetos, que guardo conmigo junto con varias de sus otras páginas en prosa. Del Álbum citado se reproducen aquí por primera vez cinco composiciones, con las cuales deseo acompañar la publicación del cuento que el lector tiene en sus manos. Aún no he podido corroborar si éste fue escrito directamente en nuestra lengua o si, como puede suponerse, se trata de la traducción de un escrito que data del tiempo en que nuestro autor ejercía la arquitectura en Estocolmo. El relato, en todo caso, muestra una estructura simple y equilibrada, que parece encubrir no sé qué indicio autobiográfico.

Eugenio Montejo

Había bajado a comprar pan más tarde que otros días porque, cuando regresó, tras subir jadeante los tres pisos, ya había oscurecido. Buscó la llave en el bolsillo del viejo impermeable y abrió como pudo la puerta. Por fortuna, un movimiento automático como ése no les exigía demasiada vista a sus ya bien corridos setenta años. Una vez dentro, con igual automatismo trató de encender la luz de la pequeña habitación que le servía a un tiempo de cocina y estudio, pero el bombillo se había fundido. Fue entonces cuando murmuró con estupefacción, casi con reproche: vamos, Cintia, no me dejes a oscuras.

No necesitaba hablar en voz alta pues vivía solo en ese pequeño apartamento desde hacía muchos años. O tal vez por eso mismo sentía frecuentes deseos de darles voz a sus pensamientos y a sus secretas invocaciones. A tientas, en la oscuridad, decidió abrir la nevera para que la luz del interior lo ayudase a encontrar las velas. Cuando localizó al fin el asa de la puerta dijo, ya casi al abrirla: dame luz mi buena Euterpe.

Con la hoja dentro de la máquina, apenas llevaba escrito en la página hasta aquí, hasta el nombre de Euterpe, cuando Clara se me acercó, los cabellos empapados aún, recién salida del baño. Leyendo a mis espaldas y secándose a un tiempo con la toalla, me dijo: me alegra que vuelvas a escribir relatos. Cintia es un nombre hermoso.

No me acostumbro del todo a que me interrumpa mientras estoy escribiendo, pero la amorosa espontaneidad con que lo hace me impide reprochárselo. Además, de nuestra vida en común ha sido siempre ella quien ha tomado las iniciativas. Reconozco que en otro tiempo, con otras mujeres, pude haber encaminado yo las cosas. Con Clara todo fue diferente desde el mismo día en que empezó a seguir mis clases en la Universidad. Yo por entonces no creía volver a amar a nadie más y, a decir verdad, no sé si lo deseaba. Tenía ya varios años sin escribir una línea, y tampoco me importaba. Cumplía con mis clases mirándome vivir, dejando que los hechos se ordenaran unos a otros por sí solos, con la mínima interferencia posible de mi parte. Clara introdujo desde el comienzo algo parecido a una esperada melodía que, una vez reconocida, me era inevitable seguir. Nos vinimos a vivir a este piso, que ella prefirió por pequeño y elevado. Paré de beber, al menos en la forma brutal de antes. “Hazlo por mi”, fue todo cuanto dijo para que mi voluntad se pusiera en marcha. En fin, ya he comenzado a borronear algunos papeles como éste, apenas principiado, que ella ojeó al salir de la ducha. Para animarme, sin duda, dijo que Cintia es un nombre hermoso. Creo que lo es, pero tal vez ella no sospeche que, para mí, mucho más hermoso sea el tono de voz con que lo dice.

El viejo logró encontrar por fin un cabo de vela en una gaveta y, con éste encendido, pudo ubicar otro más. Su sombra a la luz de los dos improvisados candelabros era más intensa, tanto que el cuarto parecía pequeño para ambos. Al desplazarse de un ángulo a otro, mientras se preparaba la cena, murmuró varias veces: acompáñame, Astarté. Había llegado a esa edad en que fatalmente se recuerda más que se vive. Y acaso para no recordar, desvariaba. Pero la forma de su desvarío no dejaba de ser singular y hasta algo sistemática. Ya hacía años que el estudio de la mitología había sustituido sus otras lecturas, antaño tan variadas como intensas. Con el tiempo fue saliendo de casi todo el copioso fondo de su biblioteca, para dedicarse a repasar sólo los queridos libros que ahora ocupaban los únicos estantes que le rodeaban. A pesar de su pobreza, no faltaban los finos tratados mitológicos de láminas doradas, volúmenes costosos y ediciones inhallables que parecían custodiar este único deleite de sus últimos años. No era extraño que pasara más de una mañana contemplando, por ejemplo, alguna preciosa imagen de Afrodita. Varios años atrás, cuando aún lo retenía la rutina docente, escribió a modo de pasatiempo una larga monografía sobre la diosa de la belleza. Un pasatiempo o tal vez una premonición de sus postreros días.

Desde mi mesa ahora estaba viendo a Clara, a través de una ventana que separa este cuarto del lavandero. La ventana está herméticamente cerrada, pero puedo verla hablando con alguien que se encuentra fuera de mi campo de visión, tal vez una de las vecinas. Se me hace extraño verla sin oírla: aún tiene húmedo el cabello y acaba de tender la toalla. Recuerdo que hace poco le escribí a un viejo amigo que me reclamaba haber dejado de frecuentarlo: “vivo en una ciudad que se llama Clara”. Y mientras la observo hablando a través de la ventana, ahora que el sol de la tarde da en su rostro, pienso que la expresión que empleé fue la más justa, pues no sólo vivo en la ciudad que ella es para mí, sino que, de no ser ésta, no podría vivir en ninguna otra.

Jugando con su sombra en medio de las velas, entre invocaciones a Desdémona, Circe, Perséfone, Casiopea, yendo de un lado a otro tras los higos secos, el queso, las aceitunas, el pan y la cerveza, ya casi ha terminado de cenar. Las suyas no son invocaciones dichas al voleo: a cada uno de los objetos de su casa, a cada término que emplea, le ha atribuido la representación de una deidad mitológica con cuyo nombre ha sustituido el nombre original de la cosa a la que se refiere. El lápiz, por ejemplo, es Tamiris, el bardo que desafió a las musas. La ventana es Urania, Iris la cortina, Silenio el vaso… ¿Por qué el cartero ha adquirido ante sus ojos la imagen de un minotauro? Acaso por lo mismo que la alacena se llama Pomona o la biblioteca Eufrosina… Con los años la sustitución de nombres se le había vuelto una práctica asidua, gracias al minucioso código inventado por él para representar el Olimpo completo dentro de su casa. Bajo el resplandor de las velas, la inseparable Astarté, tal es el nombre puesto a su sombra, daba ahora muestras de una movilidad a la que él no estaba habituado. Solía llamar Cintia a la luz, sin distinguir que fuese la apacible luz de la luna o la más cruda y uniforme de la lámpara eléctrica. Pensó que en la oscilante llama de las velas se hacía presente una divinidad distinta, tan peculiar era el fulgor de su lumbre y la intensa proyección de su Astarté sobre las paredes del cuarto. Terminó de cenar mientras seguía los reflejos de sus gestos sobre el muro y exclamó antes de volver a levantarse: ahora una flauta para Marsias. Tras decir esto encendió lentamente un cigarrillo, dejándose envolver por la sombra del humo. Era en ratos como éste cuando se complacía en urdir las historias de las incontables divinidades con quienes a diario convivía. La proximidad de una botella y un cenicero, o de una manzana y un sacacorchos, solía dar inicios a una trama que podía implicar a las Danaides o a Perseo, obligándolo a veces a revisar algún pasaje de Ovidio o un fragmento de Apolodoro. Cada utensilio, por pequeño que fuera, tenía una representación mitológica dentro de su vivienda, de modo que la ocasional cercanía entre unos y otros proporcionaba a su imaginación a cada instante efectos caleidoscópicos. Y este inocente desvarío era su vida, el solitario refugio de su vida de viejo jubilado, a quien sólo acompañaba un gato casi tan anciano como él, compasivo regalo de la ninfa Aretusa en una noche de insomnio.

No había vuelto a ver a Clara, que había entrado de nuevo al lavandero, hasta que dio un par de toques al cristal de la ventana, indicándome que quería hablarme. Llevaba ahora recogido el cabello y vestía una blusa azul pálido, acaso la que más me gusta de las suyas. Aunque ya no le daba el sol sobre el rostro, me parecía aún más hermosa que antes, cuando estuvo allí hablando con alguien. Corrí la hermética ventanilla de doble vidrio para oírla: Ya vuelvo -me anunció con un beso-, bajo al abasto un momento. Después sólo oí el seco golpe de la puerta y el decreciente ruido del ascensor que la llevaba a la calle.

Fue lo último que vi de Clara, es decir, la imagen que me quedó de ella para siempre. Los dioses comprimen el tiempo a su antojo, y lo esencial de la vida nos lo dan o nos lo quitan en menos de un parpadeo. Aún hoy, al cabo de tantos años, retengo nítidamente su mirada tras el cristal de la ventana y siento a cada momento su voz en torno mío. Debo irme a dormir ahora pues ya las velas están por apagarse -sólo me queda la luz de la nevera, pero no me sirve para leer-, y hasta mañana no podrá venir el electricista a arreglarme el bombillo. El final de llama reúne en su centro un tenue color azul semejante al de la blusa con que desapareció aquella tarde. Y me doy cuenta ahora de que esta luz que me ha acompañado durante la cena no es la de la cambiante Cintia, como decía al entrar, sino la amorosa luz de Clara, la de mi eterna Afrodita, ardiendo para siempre al lado de mi vida.

Puerto Malo, abril de 1959.

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