Via Podiensis

Recuento histórico del peregrinaje a Santiago de Compostela

Uno de los doce discípulos de Cristo, Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo y Salomé, ocupa un lugar prominente en las Escrituras como uno de los primeros y más cercanos seguidores de Cristo. Según Ellas, el propio Jesús lo invita a unirse a su misión al encontrarlo un día pescando con su padre y su hermano Juan (próximo a convertirse en Juan el Evangelista). Santiago se mantuvo fiel a su religión incluso después de la crucifixión de su maestro, cumpliendo a cabalidad la labor predicadora encomendada por Cristo tras su resurrección. Inicialmente, Santiago esparció la palabra de su guía a través de Iberia, antes de viajar a Jerusalén, donde se convertiría en uno de los primeros mártires cristianos en el año 44 d.C., al ser ejecutado por órdenes de Herodes Agrippa I.

Según la tradición, sus seguidores recuperaron su cuerpo y, en reconocimiento a sus esfuerzos por inculcar los ritos cristianos en lo que habría de ser España, lo llevaron de vuelta a esta región. Sin embargo, el entierro nunca pudo realizarse, pues los restos de Santiago se elevaron del suelo y ascendieron hasta perderse por los cielos, presuntamente en señal de su resurrección. El cuerpo del santo no volvería a aparecer sino hasta inicios del siglo IX, cuando un curioso ermitaño llamado Pelayo, al verse atraído por el brillo de un cúmulo de estrellas que se hallaba escondido bajo numerosas conchas de vieiras, lo descubriría en el lugar que a partir de entonces recibiría el nombre de Campus Stellae (Campo Estrellado).

Retrato de Santiago por E. Murillo. Foto: españolessinfronters.com.

En España, la tradición de Santiago se encuentra estrechamente ligada a los esfuerzos peninsulares por librarse de la presencia musulmana, la cual perduraría desde comienzos del siglo VIII hasta finales del siglo XV. Incluso el lugar de origen de la tradición, en el extremo noroeste de la península, obedece al éxodo de los nobles visigodos, quienes buscaron resguardo de los invasores musulmanes en las entramadas regiones montañosas de Asturias y Galicia.

Puede que la primera mención del apóstol en calidad de defensor de la causa cristiana ocurriera en el año de 844 d.C., justo antes del mítico comienzo de la reconquista en la batalla de El Clavijo. Al parecer, Santiago apareció en los sueños del rey Ramiro I de Asturias, líder de las huestes cristianas, quien había desafiado a los moros al retener el pago del tributo de cien doncellas exigido anualmente por los invasores. Gracias a la ayuda de Santiago (conocido, a partir de ese momento, como Santiago Matamoros), los asturianos obtuvieron la victoria que a su vez suscitó la veneración del santo como patrono del reino asturleonés. Es entonces cuando se establece la peregrinación anual al templo de madera que previamente Alfonso II había ordenado construir en nombre del apóstol en Campus Stellae o Compostela.

La popularidad del peregrinaje se extendió rápidamente por el territorio ibérico, convirtiéndose, eventualmente, en el tercer destino más importante de la cristiandad, después de Jerusalén y Roma. El primer peregrinaje a Santiago iniciado fuera de territorio español del que se tiene registro tuvo lugar en 950-51, cuando el obispo Godescalc hizo el recorrido desde Le Puy (punto de llegada de otro importante peregrinaje medieval), en el corazón de Auvernia. Es precisamente esta, la ruta que recibe el nombre de via podiensis –uno de los cuatro caminos que atraviesan Francia y la principal vía de comunicación con Ginebra y el resto de Europa central.

Estatua de Sancho Garcés I de Pamplona y Deyo, Villamayor de Monjardín.

Estatua de Sancho Garcés I de Pamplona y Deyo, Villamayor de Monjardín.

A finales del siglo X el Califato de Córdoba consiguió su autonomía definitiva, lo cual le permitió restaurar la estabilidad en el territorio musulmán ibérico y propinar múltiples derrotas a los reinos cristianos. De esta manera, los logros conseguidos a principios de siglo por las exitosas campañas tanto de Sancho Garcés I de Pamplona (Navarra) por el este como de Alfonso III de Asturias por el oeste se vieron neutralizados. Estos acontecimiento desembocaron en el devastador reinado del tirano Almanzor, quien replegó las fronteras de los territorios cristianos hasta el río Ebro y aterrorizó a sus enemigos con sus reiterados saqueos de las ciudades de Pamplona, León, Barcelona y Santiago de Compostela durante los últimos días del primer milenio.

Sin embargo, tras la muerte de Almanzor en 1002 y, posteriormente, la de su hijo en 1008, el Califato sufrió un periodo de caos durante el cual los reinos cristianos recuperaron el terreno perdido. Sancho Garcés III de Pamplona consiguió unificar a estos reinos (excepto Cataluña), declarándose Imperator totius Hispaniae en 1035. Como era natural en el sistema de sucesión medieval, su muerte, un año más tarde, provocó un feudo belicoso entre sus cuatro hijos. Eventualmente, el conflicto se resolvió a favor de Fernando, el segundo hermano, quien, tras acceder al trono de Castilla en 1029 y anexar el territorio de León en 1037, logró derrocar a su hermano, García III de Pamplona, en 1054. A partir de entonces, Fernando pudo concentrarse en pacificar el reino y en mirar más allá de sus fronteras para desarrollar la política que determinaría el futuro de la región durante el próximo siglo.

Dos factores fueron fundamentales en el afianzamiento económico y el desarrollo general del peregrinaje a Santiago: el primero corresponde a la desintegración del Califato de Córdoba en un gran número de pequeños reinos, mucho de los cuales se vieron obligados a rendir tributo a Castilla. En este ámbito, el debilitamiento de la presencia musulmana en la península hizo posible la recuperación de vastos territorios por parte de los reinos cristianos, tanto en la costa oeste (Coimbra, actual Portugal) como a lo largo de las fronteras del sur, las cuales se extendieron más allá del río Duero por primera vez en siglos. Sin embargo, el potencial económico que significaba el cobro de impuestos a los reinos musulmanes no tardó en imponerse sobre la alternativa de dedicar recursos a la reconquista del territorio. Fue por esto que Fernando impuso el pago de tributos a los reyes de taifas de Badajoz, Sevilla, Toledo y Zaragoza, introduciendo por primera vez el sistema feudal en Iberia y consiguiendo control absoluto de la mayor parte de la península.

Abadía de Cluny III. Foto: architecture.relig.free.fr

El segundo factor corresponde a la aparición de la Orden de Cluny en territorio español, la cual habría de desempeñar un rol imprescindible en el establecimiento del Camino de Santiago como una de las más importantes rutas itinerantes de la Edad Media. Guillermo I de Aquitania había cedido Cluny al papado en 909 con el fin de establecer una nueva orden monástica que se rigiera por las ordenanzas benedictinas originales, libre de toda influencia laica (es decir, sin tener que rendir cuentas a señor alguno, más allá del Papa). La primera abadía de Cluny fue terminada en 927, poco después de la muerte de su primer abad Breno, pero fue destruida por los magiares en 953. La verdadera expansión de la Orden de Cluny comenzó bajo su segundo abad, Oddo. Ya para el 981, año en que Cluny II fue concluida, la orden contaba entre las instituciones religiosas más importantes de toda Europa.

Bajo el reinado de Alfonso VI de Castilla y León, segundo hijo de Fernando I de Castilla, la Orden de Cluny alcanzó su apogeo, tanto en territorio español como en el resto de Europa. Tras ser vencido en batalla y encarcelado por su hermano mayor, Sancho II de Castilla, Alfonso vino a heredar el trono unificado de los reinos de Castilla y de León en 1072, cuando Sancho fue víctima de una misteriosa emboscada en la que perdió la vida. La magnitud de la duda que se cernió sobre la integridad de Alfonso tras el sospechoso crimen se hace evidente en el conocido episodio de la jura de Santa Gadea en Burgos, donde el nuevo rey se vio obligado a jurar de rodillas ante la nobleza de Castilla (entre los que se encontraba el famoso Cid Rui Díaz de Vivar, quien había realizado el peregrinaje a Santiago en 1064) que él no había participado de manera alguna en el asesinato de su hermano. Una vez absuelto de toda culpa, la muerte de Sancho II dejó a Alfonso VI como único heredero legítimo al trono, situación que él aprovechó para pacificar el reino y reforzar su dominio sobre los territorios musulmanes, de los cuales derivó vastas sumas de dinero. Aunado a esto, su política internacional también incluyó un deliberado esfuerzo por incorporar a España a la corriente cultural europea de la época, estableciendo, a tal fin, estrechos lazos con las cortes francesas. Fue, pues, durante su reinado que el Camino de Santiago alcanzó su notable prestigio, gracias a un proceso de optimización en el cual tanto la Orden de Cluny como Constanza de Borgoña, su segunda esposa, jugaron un papel primordial.

Estatu de El Cid en Burgos. Foto: wikipedia.

Alfonso VI adoptó una estrategia semejante a la política de ocupación y fortificación de los reinos limítrofes que Alfonso III de Asturias desplegara a través de la edificación sistematizada de castillos y burgos amurallados a finales del siglo IX. Una vez libre de la amenaza musulmana, la necesidad de promover el comercio en las zonas reconquistadas se hizo cada vez más evidente. La reorientación de las rutas de peregrinación ordenada por Sancho Garcés III, quien llevó el camino hasta a Nájera, en el sur de Navarra, es evidencia de un temprano intento por estimular la economía de las zonas recién conquistadas. Sin embargo, Alfonso VI fue más allá de las operaciones militares organizadas por sus predecesores, otorgando privilegios especiales al monasterio de Cluny en Sahagún, el cual se convirtió en el centro administrativo de la orden en España. De esta manera, ella pudo disfrutar de una posición ventajosa en cuanto a la protección y cuidado de las rutas que llevaban a Santiago, ya que contaba con importantes prioratos en Villafranca del Bierzo y Sahagún, en Leire, Norón y San Juan de la Peña, en Figeac y Moissac.

Alfonso VI vio en la orden de Cluny otro vehículo (sumado al matrimonio) para introducir, diseminar e instaurar en territorio hispano ideas provenientes de Francia, centro neurálgico de la cultura de la época. Al mismo tiempo, el inigualable respaldo que él ofreció a la orden contribuyó en la expansión de la (ya considerable) influencia que ella tenía a lo largo del continente, a la vez que sirvió para incrementar el perfil de los reinos españoles en los asuntos europeos. Y es que, el tributo impuesto a los reinos musulmanes había hecho de Castilla una de las cortes más opulentas de su tiempo, lo cual le permitió a Alfonso VI destinar grandes cantidades de dinero para la edificación de la nueva abadía de Cluny. Construida entre 1088 y 1130, Cluny III habría de convertirse en el templo religioso más grande de la civilización occidental, hasta la construcción de la basílica de San Pedro en 1505.

Aunque hacia el año 1130 el declive de la Orden de Cluny ya estaba bien encaminado, para ese entonces el proceso de desarrollo y consolidación del Camino de Santiago estaba prácticamente concluido, por lo que el peregrinaje aún gozaría de un largo período de esplendor desligado de las fortunas de aquella orden. En cuanto a infraestructura, se habían logrado importantes avances, tales como la construcción de puentes en Puente la Reina y Ponferrada; la nueva Catedral de Santiago, comenzada en 1075 bajo el auspicio de Alfonso VI, ya estaba en funcionamiento; igualmente, numerosos hospedajes habían abierto a lo largo del camino, en localidades como Aubrac (Aveyron), Santo Domingo de la Calzada, y Frómista (Castilla). Estas comunidades, diseñadas casi exclusivamente para el beneficio del peregrino, pronto se convirtieron en importantes centros de intercambio en los que riquezas, usanzas, conceptos y culturas pasaban de mano en mano.

En vista de las tendencias francófilas de Alfonso VI y de la opulencia vivida en la corte de Castilla, ésta se encontró de pronto, y por primera vez, entre las más importantes cortes de la época. En tanto, las aspiraciones imperialistas de Alfonso VI lo llevaron en 1085 a apoderarse de Toledo –la ciudad más importante de la península, la cual ha permanecido desde entonces en manos cristianas. Sin embargo, la pérdida de su capital y la proclamación de Alfonso VI como “Emperador de ambas religiones” sirvieron como catalizadores para la reorganización de los reinos musulmanes, lo cual resultó en el surgimiento de los Almoraves, primero, y después de los Almohades, como elementos unificadores del territorio moro. Esto convirtió al ejército árabe en un enemigo más poderoso y más determinado, con lo que la Guerra Santa volvió a caer en un período de estancamiento –uno que habría de durar aproximadamente 150 años.

Puente de Fitero (2)_6

Puente de Fitero, Itero de la Vega.

Sin embargo, a pesar de los altos y bajos vividos durante la campaña de la reconquista; a pesar, también, del fervor colectivo generado por el llamado del Papa Urbano II en pos de la liberación de Jerusalén; y, ciertamente, más allá del cambio en la sensibilidad del cristianismo occidental, que vino a condenar el suntuoso estilo de vida que llevaban los miembros de la Orden de Cluny, el peregrinaje a Santiago continuó ganando popularidad entre penitentes cristianos a lo largo del siglo XII. En 1122 el Papa Calixto II, un sacerdote benedictino de la Orden de Cluny, declaró año de Jubileo Jacobeo cada año en el que la fiesta de Santiago (25 de Julio) cayera en domingo, el primero de los cuales habría de celebrarse en 1126. Posteriormente, en 1140, Alfonso VII de Castilla, nieto de Alfonso VI de Castilla, concedió el monasterio de Fitero al monje cisterciense Raimundo, en lo que prácticamente fue la introducción de la reforma monástica cristiana en territorio ibérico. A partir de entonces, las órdenes contemplativas reemplazarían a la de Cluny como principales propagadoras del estilo románico en tierras españolas.

Así pues, en 1175, Alfonso VIII de Castilla, actuando con la autoridad conferida por bula papal de Alejandro III, concedió la ciudad de Uclés a una orden militar de caballeros leoneses. Fue así como se creó la Orden de Santiago, defensores de la fe cristiana, la cual habría de convertirse en la más respetada de las órdenes de caballería españolas. Ya para 1195, año en que concluye la tregua con los Almohades, la orden contaba con una reputación envidiable. Luego, en 1212 Alfonso VIII, actuando esta vez bajo el auspicio del Papa Inocencio III, hace un llamado a las fuerzas cristianas para llevar a cabo una Cruzada que librara definitivamente a la península del dominio musulmán. Los caballeros de la Orden de Santiago, así como los de la Orden de Calatrava, se unieron a las tropas de los reinos de Castilla, Aragón, Navarra y Portugal, y, junto a miles de cruzados franceses, tomaron el campo de batalla para enfrentarse al ejército árabe en Las Navas de Tolosa. La victoria cristiana culminó la lucha por recuperar los territorios invadidos por las tribus musulmanas unos 500 años atrás y decretó el declive de la cultura mora en territorio andaluz, a pesar de que éste permanecería, al menos parcialmente, ocupado por otros dos siglos.

En tanto, lejos del campo de batalla, en el antagónico reino de León, San Francisco de Asís peregrinaba hacia la nueva catedral de Santiago, consagrada en presencia de Alfonso IX de León en 1211. Apenas cuatro años más tarde, San Francisco fundaría el primer monasterio franciscano en Santiago, trayendo consigo las últimas tendencias del mundo monástico: las reglas de las órdenes mendicantes. Eran momentos de transición: el papel del clero en la sociedad atravesaba una transformación significativa, y con él variaba el estatus social de sus sacerdotes; así mismo, el antiguo estilo románico, que hasta entonces había adornado el paisaje ibérico, se veía reemplazado por estructuras góticas en Roncesvalles (Colegiata de Santa María), en Pamplona (iglesia de San Cernín) y en Burgos (la catedral); también el sistema feudal, desprovisto de las riquezas provenientes de reinos explotados, se enfrentaba a nuevos y desconocidos retos; en fin, desde los Pirineos hasta Galicia la península se veía afectada por nuevas tendencias diseminadas a través del intercambio comercial e intelectual que se produjo gracias a la existencia de un destino común: Santiago de Compostela.

El proceso de sofisticación al que se venía sometiendo la corte de Castilla llegó a su apogeo durante el siglo XIII: el nexo familiar establecido por Alfonso VI con la nobleza francesa había sido enfatizado por Alfonso VIII a través de su matrimonio con Leonor Plantagenet, hija primogénita de Leonor de Aquitania y Enrique II de Inglaterra. Al igual que su medio hermana, María de Francia, Leonor Plantagenet sentía una predilección por las artes, la cual la llevó a convertir a la corte de Castilla en un albergue de artistas, trovadores y demás. Así mismo, fue ella también quien patrocinó la creación del primer centro de estudios generales en territorio español –la primera universidad, por llamarla así, fundada en Palencia en 1208. A esta situación se le sumó el prospecto de unificación de las coronas de Castilla y de León tras la subida al trono de Fernando III de Castilla, primer hijo de Alfonso IX de León y su esposa Berenguela, quien a su vez era la primogénita de Alfonso VIII de Castilla. Al igual que su abuelo castellano, Fernando III estaba resuelto a continuar la campaña de reconquista de la península, lo cual lo llevó a recuperar el resto del territorio ibérico, con la excepción del reino de taifa de Granada. Sin embargo, más allá de su ambición militar, Fernando III también era un intelectual consumado que, entre otros logros, se encargó de enaltecer el perfil de la universidad de Salamanca, dispuso de las órdenes mendicantes para repoblar y evangelizar el sur del país, y adoptó el antiguo corpus legal visigodo, estableciéndolo a lo largo y ancho del reino.

Al mismo tiempo, su matrimonio con Isabel de Hohenstaufen, nieta de Federico Barabarroja, extendió el alcance de la influencia castellana más allá de los confines de la nobleza francesa, insertando de lleno a la corte de Castilla en el bando gibelino. De hecho, si bien su hijo, Alfonso X, presidió lo que puede ser considerada la más refinada de las cortes que se habían visto en Europa desde la de Carlomagno en Aquisgrán, fue precisamente el juicio y la visión de Fernando III lo que permitió que se dieran las condiciones para que Alfonso X pudiera establecer un mandato de tal tipo. Lo cual no le resta mérito a la tolerancia que este último demostró hacia otras culturas; ni a su insaciable sed de conocimiento, la cual que lo llevó a establecer el scriptorium de la corte en Toledo, donde importantes colecciones de manuscritos fueron traducidas y compiladas. Sin embargo, más allá de su loable interés enciclopédico por todo tipo de temas –desde la literatura hasta la aritmética, la historia, el derecho e, incluso, los juegos de mesa–, la ambición de Alfonso X por hacer valer su ascendencia materna y convertirse en emperador del Sacro Imperio Romano significó, al fin y al cabo, la ruina de un país que a cambio del territorio que había conseguido a través de su expansión había renunciado al ingreso derivado por los tributos de los antiguos reinos de taifa.

La existencia de un régimen prácticamente secular durante el reinado de Alfonso X había permitido explotar al máximo las ventajas de una política de coexistencia multicultural y religiosa que dio origen a una sociedad cosmopolita. Sin embargo, tras su muerte, en 1284, el reino de Castilla se enfrentó a una realidad hostil en la que una economía malograda, una iglesia debilitada y la carencia de un claro sucesor llevaron a un período de conflicto que eventualmente desembocó en la guerra civil castellana. Así llegaba a su final un capítulo de unos 200 años de acumulación ininterrumpida de conocimientos en las cortes de Castilla y León.

Al mismo tiempo, el perfil internacional del Camino de Santiago se vio afectado por la pronunciada inestabilidad política vivida en Europa: el deterioro de las relaciones diplomáticas entre Roma y la corte francesa eventualmente condujo al traslado del papado a la ciudad de Avignon, lo cual produjo aún mayor descontento dentro de la institución eclesiástica. Aunado a esto, la decisión de Leonor de Aquitania de divorciarse de Luís VII de Francia para casarse con Enrique II de Inglaterra trajo consecuencias trascendentales, las cuales habrían de erradicar una larga tradición de cordialidad entre la casa de Poitiers y sus vecinos franceses y españoles. Entre tales consecuencias se pueden enumerar varios conflictos de sucesión, los cuales alcanzarían dimensiones imprevistas hacia mitad del siglo XIV, con el advenimiento de la Guerra de los Cien años –conflicto, este, que, en un momento u otro, incluyó prácticamente a todos los países al oeste de las fronteras germanas.

Si bien en un primer momento la guerra se disputó principalmente al norte de Normandía y Bretaña, muchos de los enfrentamientos posteriores tuvieron lugar en la región de Guyena, la cual había pasado a manos inglesas mediante el matrimonio de Leonor de Aquitania con Enrique II. Aún en la actualidad, muchos de los paisajes por los que pasan las rutas de peregrinaje francesas presentan singulares construcciones militares que, siglos más tarde, continúan sirviendo de testigo a las agresiones pasadas, como lo son el puente de Valentré en Cahors y el castillo de Calmont D’olt en Espalion. Sin embargo, las consecuencias del conjunto de conflictos que se conoce como la Guerra de los Cien años se hicieron sentir inclusive en zonas muy alejadas de la campiña francesa: en Castilla y en Aragón la porción de la población que logró superar los estragos causados recientemente por la peste se vio involucrada en una nueva guerra cuando el conflicto internacional llevó a Pedro IV de Aragón a enfrentarse a Pedro I de Castilla. Se sumaba, entonces, la Guerra de los Dos Pedros a la guerra civil castellana, la cual culminó con el asesinato en 1369 de Pedro I a manos de su medio hermano, Enrique Trastámara.

 Juan de Gante. Foto: wikipedia.Dos años más tarde, la hija de Pedro I, Constanza, sería desposada por el duque de Lancaster, Juan de Gante, quien a partir de ese momento gestionó una campaña para restituir la línea sanguínea de Pedro al trono de Castilla, a través de la cual pretendía lograr la coronación de su esposa como reina para así hacerse con el título de rey. Esta ambición lo llevó, en 1386, a organizar una expedición militar en la cual sus tropas, junto con las de Juan de Portugal, atravesaron el territorio gallego hasta entrar en la ciudad de Santiago de Compostela. Eventualmente, Juan de Castilla se vio obligado a aceptar un acuerdo en el cual Juan de Gante cedía su derecho al trono, a cambio del matrimonio concertado de su primogénita con el hijo de Juan de Castilla.

El santuario de Santiago había sobrevivido un nuevo ataque. Sin embargo, si bien es cierto que entre mediados del siglo XV y el reinado de los reyes católicos cientos de miles de peregrinos acudirían anualmente a Santiago, los días de esplendor del Camino eran cosa del pasado. Siglos de discordia dentro de la religión cristiana desembocarían finalmente en la reforma protestante del primer tercio del siglo XVI, la cual haría de los centros de culto católico lugares aborrecibles para aproximadamente la mitad de los cristianos de Europa. El nivel de odio engendrado por los reformistas contra el catolicismo se puede apreciar en las intenciones de Sir Francis Drake por atacar y destruir la ciudad de Santiago junto con su templo. A pesar de que esta invasión nunca llegó a producirse, las reliquias del apóstol fueron escondidas bajo tierra en 1589 para resguardarlas del peligro que representaban las posibles agresiones protestantes. La relevancia de Santiago de Compostela como centro de culto y veneración estaba ya en franca decadencia; en los siglos venideros el descubrimiento del nuevo mundo, el fenómeno de la Ilustración y la secularización resultante enfatizarían tal decadencia. Incluso a nivel nacional, los prospectos de riqueza, aventura y gloria que resultaron tras el descubrimiento de América hicieron disminuir drásticamente el interés por recorrer y preservar el Camino de Santiago. Así pues, a pesar de que el culto a Santiago nunca murió, a pesar, inclusive, de que muchas de las ciudades recién creadas en Hispanoamérica fueron nombradas en su honor, el número de fieles atraídos por el sepulcro del santo sí que se vio afectado, a tal extremo que, en la celebración de la fiesta de Santiago de 1878, apenas se llegaron a registrar unos 45 peregrinos en la Catedral.

Hoy en día, el pronunciado auge en el interés suscitado por el Camino de Santiago ha vuelto a colocar a la ciudad entre los lugares más importantes, no ya de la cristiandad, sino de la cultura occidental en general. El inicio de este fenómeno puede datarse en el peregrinaje que llevara a cabo el Papa Juan Pablo II durante el Jubileo Jacobeo de 1982. La atención del mundo volvió a centrarse en el Camino de Santiago con su segundo peregrinaje, en 1993, y con el reconocimiento hecho por la UNESCO, al declarar la ruta que lleva desde Roncesvalles hasta Santiago de Compostela Patrimonio de la Humanidad. El Camino de Santiago se ha convertido en un reto moderno que combina ascetismo y aventura, historia y naturaleza, esfuerzo individual y una meta compartida. La singularidad de estas características ha incrementado la popularidad del Camino en las últimas tres décadas a tal punto que, en la actualidad, casi cien mil peregrinos llevan a cabo al menos una parte del trazado cada año. En vista de la celebración del próximo Jubileo Jacobeo en 2010, es probable que el legado y la historia de Santiago apóstol se vean fortalecidos con la llegada de incontables viajeros resueltos a formar parte de una tradición que ya cuenta con más de 1000 años de antigüedad.

(Versión en inglés.)

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