Las dos vidas de J. D. Salinger

La publicación de El guardián entre el centeno en 1951 supuso un cambio radical, impredecible e irretractable tanto en la vida de J. D. Salinger como en el canon de la literatura de habla inglesa –acaso, inclusive en la literatura occidental. La novela fue un éxito inmediato, tanto a nivel crítico como comercial, convirtiendo inmediatamente a Salinger en una celebridad literaria, mientras que Holden Caulfield, el adolescente protagonista de El guardián entre el centeno, se perfilaba como una figura emblemática para las generaciones por venir.

Salinger nació y creció en la ciudad de Nueva York. Cuando consiguió la fama internacional, en 1951, tenía 32 años de edad. Para entonces, ya llevaba más de diez años publicando relatos cortos y, finalmente, tras siete años tratando, sin mayor éxito, de entrar en la revista The New Yorker, había logrado convertirse en contribuyente habitual de la publicación, tras la aparición de su cuento “Un día perfecto para el pez banana” en enero de 1948. Hasta entonces, Salinger había logrado colocar hasta una veintena de relatos en una cantidad de revistas como Collier’s, Story, Saturday Evening Post y Esquire. De hecho, The New Yorker había aceptado su “Leve rebelión más allá de Madison” en 1941. El relato contiene la mención más temprana del personaje de Caulfield, quien, en un episodio típico de su desasosiego juvenil intenta convencer a su novia, de manera un poco rudimentaria, de abandonar la ciudad y dejarlo todo atrás. Sin embargo, la serie de eventos que desencadenaron la participación de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, comenzando con el ataque a la base aérea de Pearl Harbor en Diciembre del mismo ’41, hizo, con toda seguridad, que el tono anárquico del cuento fuera considerado inapropiado para la época, con lo que fue archivado en las bóvedas de la revista por cinco años. Serían cinco largos años.

En 1944 Salinger formó parte del ejército estadounidense que invadió Europa. El 6 de junio del mismo año, durante el famoso desembarque del Día-D, se encontraba en el frente occidental de las tropas depositadas en Normandía. Afortunadamente – para la literatura, para él y también para nosotros – fue enviado a la Playa de Utah. De haberle correspondido formar parte del contingente desplegado en la Playa de Omaha, por ejemplo, es probable que en nuestras manos hubiera quedado otro Wilfred Owen – un gran talento literario, muerto demasiado pronto por otro conflicto armado. Pero Salinger salió con vida del desembarque, formó parte de la campaña de invasión de Alemania desde Normandía, se incorporó al cuerpo de inteligencia del ejército estadounidense, conoció a Ernest Hemingway en medio de la campaña, y, después de todo eso, optó por permanecer en Alemania por otros seis meses durante el período de desnazificación de la población, momento en el cual conoció a su primera esposa. Curiosamente, estos años también significaron su más prolífica producción literaria, con la publicación de hasta nueve cuentos entre los años de 1944 y 1945 en revistas como el Saturday Evening Post, entre otras.

Aunque Salinger no es conocido como un escritor “de guerra” en sí, un buen número de sus relatos exhiben una influencia más o menos directa de sus experiencias como soldado – entre ellos el conmovedor “Para Esmé – con amor y sordidez”, publicado en The New Yorker el 8 de abril de 1950, donde los efectos físicos y emocionales se hacen notar en la actitud de un joven soldado antes y después de ver acción. Sin embargo, Salinger permanecerá por siempre asociado al tono joven o adolescente cuya máxima expresión se retrata en la figura de Holden Caulfield de El guardián entre el centeno, la cual recauda y recicla versiones más tempranas del personaje, tales como las de los relatos “Leve rebelión más allá de Madison” y “Estoy Loco”.

Lo cual es algo sorprendente, ya que si bien el propio Caulfield es un adolescente, el estilo de Salinger no podría estar más alejado esa actitud juvenil con la que a menudo se le aparea – de cierta forma, algo similar a lo que sucede con Herman Melville o Robert Louis Stevenson, escritores ambos de aventuras para adolescentes que, sin embargo, trascienden el género de manera significativa. Desde la primera oración de El guardián entre el centeno, Salinger hace un esfuerzo deliberado por darle una voz específica, propia, a Holden Caulfield, y, al mismo tiempo, por dejar perfectamente claro que, como narrador, el joven es irremediablemente sospechoso. Lo cual no implica que sea un mentiroso – lo que significa es que si lo es, no tenemos manera de saberlo. Así, simplemente al cuestionar la integridad de Caulfield como narrador a través de la estructura, no el contenido, de la novela, Salinger provee al lector con las herramientas necesarias para llevar a cabo una lectura distanciada del significado literal de las palabras de Caulfield. Esto es inclusive más evidente en algunas de los relatos previos. Un ejemplo particularmente notorio es el de “Linda boquita y verdes mis ojos”, publicado en The New Yorker el 14 de julio de 1951, en el que se inscribe una conversación telefónica entre un marido cornudo, preocupado por su esposa, y un amigo suyo, que también es el amante de ella, en medio de un artificio narrativo que pareciera ser excesivamente sofisticado, deliberadamente literario y, a fin de cuentas, exagerado en su elaboración. Sin embargo, este marco narrativo, delicadamente trabajado, contrasta drásticamente con el diálogo, simple y natural, que las dos voces consiguen a lo largo del cuento, evidenciando de esta manera la esencia literaria del texto.

Con lo cual no quiero decir, ni mucho menos, que El guardián entre el centeno esté sobrevalorado o incomprendido. En mi opinión es un ejemplo perfecto, más bien, del efecto Casablanca: una película maravillosa, conmovedora y a la vez entretenida, inteligente, temática y, a menudo, inclusive energética. Pero, ¿la mejor película de todos los tiempos? ¿Una verdadera obra maestra que merece atención al punto que al nombrarla en medio de una cena o reunión existe el riesgo que algún invitado comience a declamar el guión línea por línea? Peter Lorre es especial, Sydney Greenstreet un placer, como siempre, Humphrey Bogart lo lleva a uno a creer en la reencarnación, sólo por si existiera la posibilidad de ser, al menos una vez, la mitad de lo consumado que es él, e Ingrid Bergman es simplemente inolvidable, pero, aún así, la respuesta a aquellas preguntas debe ser: no lo creo. El guardián entre el centeno es, indudable, inconfundiblemente, un clásico. Si es el mejor o el más importante de los libros de la literatura norteamericana no es una cuestión que debamos resolver en esta ocasión. Lo que sí deberíamos establecer es el legado de Salinger, su estatura en la literatura occidental y en la de habla inglesa.

En este sentido, sería complicado no colocar a Salinger cerca del tope de cualquier lista que se compile. No solamente es su prosa cuidadosamente trabajada, su estructura narrativa deliberadamente astuta, sus diálogos insólitamente espontáneos y sus intimaciones en cuanto a al angst propio del adolescente completamente creíbles, sino que, en cuanto al ámbito literario, propiamente dicho, debe destacar – tal vez, inclusive, a pesar de sí mismo – como el antecedente directo de la generación Beat. Es difícil, al menos para mí, pensar en Holden Caulfield y no relacionarlo de inmediato con Sal Paradise, el narrador/protagonista de En el camino, de Jack Kerouac, quien recorre los Estados Unidos de costa a costa, yendo de una aventura a la siguiente sin mayor motivo, o Henry Chinaski, el alter ego de Charles Bukowski en El Cartero, quien salta de una situación comprometedora a la siguiente, simplemente porque no hay nada más que hacer en esta vida.

Con legado o sin él, Salinger no sabría lidiar con la atención que le fue conferida tan pronto consiguió éxito internacional. Por un corto espacio de tiempo intento manejarlo – pero sólo por un corto espacio de tiempo. Ya en 1953 Salinger se había internado en su propiedad en New Hampshire, desde donde continuaría su carrera como escritor profesional por otros doce años. The New Yorker siguió publicando obras suyas, ahora más esporádicas, pero también más largas, al tiempo que una recopilación de los cuentos que había publicado en esta revista hasta entonces apareció bajo el ingenioso título Nueve cuentos; Salinger contrajo matrimonio por segunda vez, tuvo dos hijos y al mismo tiempo creó una familia alternativa, los Glass, a quienes describió con todo lujo de detalles en largos estudios como Franny y Zooey, Seymour y el famoso Hapworth 16, 1924. Este último fue publicado en The New Yorker el 19 de junio de 1965, en lo que sería su réquiem editorial.

La idea inicial era publicar el texto por separado, en forma de novela, pero el proyecto nunca llegó a materializarse. En efecto, fue más bien poco lo que llegó a materializarse a partir de ese momento alrededor de la persona de Salinger, quien muy pocas veces volvió a ser fotografiado, entrevistado o inclusive avistado. Su primera vida, como escritor publicado, había llegado a su final: su recorrido había incluido unos 25 años como profesional, el más atroz de los conflictos bélicos que el mundo haya visto jamás, una proyección que fue aumentando progresivamente de nivel regional, a nacional a internacional, dos esposas, dos hijos y una que otra cosa más. El tiempo había llegado, ahora, para su vida privada. Así, pues, por más de 40 años J. D. Salinger vivió tras puertas cerradas en la fortaleza de su propiedad que se hizo más impenetrable y, por lo tanto, proporcionalmente más enigmática a través de los años. Desde hace tiempo ya, crecen las especulaciones en cuanto a cómo era, en realidad, J. D. Salinger. Sin lugar a dudas éstas sólo se harán aún más intensas de aquí en adelante. Porque si una cosa es segura, es que, sin importar cuántas veces se haya desligado del mundo, de sus amantes, de su familia o sus personajes, Holden Caulfield por siempre se cerciorará que Salinger – a pesar de sus dos vidas diametralmente opuestas – no llegue a morir jamás.

 

 

 

PUBLICADO POR RELECTURA EL 8 DE FEBRERO DE 2010.

VERSIÓN EN INGLÉS PUBLICADA POR EL SUPLEMENTO SABATINO DEL DAILY HERALD DE SINT MAARTEN EL 14 DE FEBRERO DE 2010.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s