Margarita infanta, un tributo a la nostalgia

Margarita infanta (2010) es el tercer libro publicado por el autor venezolano Francisco Suniaga (La Asunción, 1954), quien irrumpió de golpe en el mundo editorial con su novela, La otra isla (Oscar Todtmann Editores, 2005), la cual constituyó un rotundo éxito tanto a nivel de ventas como de la crítica. Desde entonces, Suniaga ha sido fichado por el coloso multinacional que es Random House Mondadori, con quienes publicó su segunda novela, El pasajero de Truman (Mondadori, 2008). En esta ocasión, y de nuevo con el respaldo de la casa editorial, Suniaga nos presenta una colección de breves reseñas o crónicas enfocadas en las costumbres y la cotidianeidad de la isla de Margarita en un tiempo que, según el autor, está a punto de perderse, no en el sentido que pronto quedará en el pasado (eso ya ha ocurrido), sino que es inminente su desaparición de la memoria de la gente, del conciente colectivo.

Ya en El pasajero de Truman, Suniaga había utilizado la estructura narrativa para enmascarar un exhaustivo trabajo periodístico dentro de una trama novelística que le significó un rotundo éxito comercial. De manera similar, Margarita infanta pretende ser una colección de cuentos, aunque en realidad se trata de un conjunto de recuerdos y reflexiones que se aproximan más al formato de las memorias.

Lo primero que salta a la vista al pasar las páginas del libro es la calidad del producto final, confeccionado con el mayor cuidado, editado impecablemente y acompañado de tres lindas ilustraciones de Alberto Yánez, amigo del escritor y, según el propio Suniaga, la persona que sugirió la producción de este registro proto-histórico del pasado de la isla, más remoto de lo que los años sugieren.

 

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Francisco Suniaga

Según comenta Suniaga en el primer relato, que sirve como prólogo a la edición, la elaboración de los textos se remonta inclusive hasta los años 80, cuando el ejercicio de la narración constituía para él un recurso para salvar del olvido aspectos valiosos de la cultura margariteña, una isla suspendida entre el sosiego característico del Caribe y la disfuncionalidad propia del venezolano. En este sentido, los 17 relatos que conforman Margarita infanta comparten esa afición por el retratismo, que es a la vez del mundo de la Margarita de los años 60, como del entorno familiar en el que Suniaga creció como niño. Lo cual, de cierta manera, es una pena, pues si bien las vivencias relatadas logran en ocasiones atrapar al lector y hacerlo cómplice del humor o la ingenuidad del momento, en la mayoría de los casos ese nexo se ve interrumpido por una reflexión, a medio camino entre melancólica y moralizante, que eleva al narrador a un nivel más remoto, en calidad de sabio patriarca o venerable rapsoda.

Rota esta complicidad, la intimidad que estos relatos quieren evocar se convierte practicamente en otro de los temas que tratan las crónicas, sin que el lector llegue a participar de manera activa en ella. Lo cual no quiere decir que esto sea una barrera infranqueable para disfrutar el libro. Todo lo contrario, entre los breves fragmentos que conforman esta colección se encuentran algunas joyas, como “Herón y otras palabras”, donde se esboza sutilmente el perfil de la idiosincracia de una isla que, en el ir y venir de canadienses y alemanes, a veces olvida que se encuentra anclada en lo más profundo del atolón caribeño. Resaltan también “Tirano”, que vincula el nombre de un recóndito pueblo del noroeste de la isla con el desembarco de Lope de Aguirre en el mismo lugar hace cuatro siglos y medio; “Una de vampiros”, el más fantasioso de los relatos, que explora con ambigüedad un episodio, acaso creado por la imaginación del escritor o, precisamente, desaparecido de la memoria colectiva del margariteño; y “Popule Meus”, el mejor logrado de los fragmentos, que condensa diestramente la anécdota con la resignación y la melancolía en una sentencia que el escritor coloca en boca de su padre: “En Venezuela donde hay tantas cosas para sentirse mal no tiene sentido destruir una historia que nos hacía sentir bien”.

“Bien” no es, sin embargo, la palabra que utilizaría para describir lo que nos hace sentir Margarita infanta tras su lectura. Me decantaría por “meditabundo” o inclusive “satisfecho”, sobre todo porque Suniaga demuestra una y otra vez su facilidad para el verbo y su destreza para hacer de cualquier historia una experiencia amena. Sin embargo, y más allá de la nostalgia o la melancolía que, en mayor o menor grado, Margarita infanta consigue evocar, la colección deja en la boca del lector un curioso sabor, que no es verdaderamente amargo pero que acusa la falta de algo –posiblemente dirección.

 

 

 

PUBLICADO POR EL NUEVO HERALD DE MIAMI EL 21 DE AGOSTO DE 2011.

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