Las rayas, emblema de una nueva generación

La tercera colección de cuentos del escritor venezolano Rodrigo Blanco Calderón, Las rayas, condensa en sus páginas gran parte de la actividad del redescubierto entorno cultural venezolano –o, al menos, caraqueño. Y no me refiero simplemente al contenido del primer relato del texto, en el que se describe meticulosamente el descenso de un catedrático de la Universidad Central de Venezuela en los más profundos confines de la adicción, sino, más bien, al hábitat en el cual el libro, como objeto físico, toma vida, surge y se desenvuelve. Un entorno real que, como veremos, se funde con la ficción de sus páginas.

 

Nacido en Caracas en 1981, Blanco irrumpió en el mundo editorial venezolano al conseguir el Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editoresen 2005 con su colección, Una larga fila de hombres. Desde entonces, ha figurado con prominencia en el círculo intelectual venezolano, haciéndose de un buen número de premios y publicando en 2007 su segunda colección, Los invencibles –esta vez editado por Mondadori Venezuela. Pero en los últimos cuatro años mucho ha cambiado en el ámbito literario venezolano, y evidencia irrevocable de ese cambio es que Las rayas ha salido en 2011 bajo el sello editorial Puntocero –una de las nuevas casas que han irrumpido en el mercado nacional recientemente, diversificándolo con interesantes propuestas independientes. El resultado es un libro confeccionado con dedicación, depurado y honesto, que no llega a alcanzar el lujo que caracteriza a los productos de Mondadori, pero que, sin duda, permite una lectura cómoda y libre de errores.

 

Dejando a un lado los detalles del envoltorio de Las rayas, su contenido se perfila tan abarcable como complejo. Por una parte, los relatos incluidos en esta colección tienen un tono un poco más vivencial que los de Los invencibles, lo cual los resguarda de los abismos más vertiginosos a los que se enfrentan los ejercicios metaliterarios de aquel compendio. Pero, si bien es cierto que Blanco evita en Las rayas caer en las profundidades del tedio que algunos de los discursos de su colección anterior exploraron de manera más exitosa que deliberada, también es verdad que, desafortunadamente, los logros de este nuevo libro son menos sobresalientes –menos ecstáticos– que los de su predecesor.

 

Lo mejor de Las rayas se puede entrever desde el principio, y, de hecho, llega a su máxima expresión en el segundo relato del compendio, “Payaso”. Se trata de un texto enfocado en la figura de “Fonsy”, un payaso retirado que vuelve a los fueros  mediáticos de Venezuela tras una larga ausencia. Como tantos de los personajes de Blanco, “Fonsy” es un ente calcado de una personalidad de carne y hueso, el legendario “Popy”, quien marcara la infancia de generaciones de venezolanos a lo largo de los ’70 y los ’80. Tal como lo hiciera el mismo “Popy” en 2009, “Fonsy” causa un revuelo estruendoso al anunciar su salida del retiro, en parte gracias al trabajo de un periodista cuyo trauma infantil gira alrededor de un desencuentro con el payaso. Blanco demuestra agilidad al construir la tensión que sirve de preludio al encuentro entre “Fonsy” y el reportero; sin embargo, el momento climático de la entrevista (y del cuento) pasa de largo al lector, que se ve obligado a continuar la lectura por unas diez páginas más en busca de un desenlace que, inevitablemente, se convierte en un anticlímax.

 

Como en Los invencibles, cuyo mejor exponente es “Calle Sarandí”, un simple relato anecdótico que Blanco describe en el prólogo de la edición como “un generosa postal”, el autor solo consigue sobresalir cuando se desprende de la teoría que imparte a sus alumnos en la UCV y permite que su voz se enfoque en la banalidad del relato. Sin embargo, y tal vez porque esos momentos escasean, Las rayas también llama la atención por el detalle con el que esboza el entorno literario venezolano, incorporándolo dentro y fuera de la ficción relatada en sus páginas: hablábamos ya de la editorial Puntocero como un proyecto novel; y Blanco, por supuesto, está vinculado con otra de estas nuevas propuestas, la editorial Lugar Común, en la que colabora con Luis Yslas; a quien dedica (y retrata en) el quinto relato de Las Rayas, “Pausa limeña”. Otras figuras contemporáneas, como Salvador Fleján, a quien va dedicado “Payaso”, o Eduardo Sánchez Rugeles, cuyo heterónimo, Lautaro Sanz, es utilizado en “Caso gracioso”, adornan las páginas de la colección con un artificio que busca difuminar la frontera entre la ficción y la realidad. Pero todo queda, al fin y al cabo, en un gesto que es demasiado evidente y que, por lo tanto, entretiene más al autor, al intentarlo, que al lector, al recibirlo.

PUBLICADO POR EL NUEVO HERALD DE MIAMI EL 8 DE ENERO DE 2012.

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