Pensar del Caribe no es solo pensar en literatura

La voz calmada —reconfortante— del piloto anuncia que ha decidido tomar la ruta pintoresca en su aproximación al aeropuerto internacional de Hewanorra. Aterrizar en el Caribe siempre da la sensación de ser un acontecimiento extraordinario. No hablo de pequeños islotes de difícil acceso, como la isla de Saba o Union Island, donde el simple hecho de que haya un aeropuerto ya es un milagro. Me refiero a lugares más grandes como Sint Maarten, que ha hecho de su aeropuerto una atracción turística, o, en este caso, Santa Lucía.

 

Mientras rastreamos desde las alturas los pasos del baile que el Mar Caribe mantiene con la costa occidental de la isla, dos enormes formaciones puntiagudas y volcánicas al borde de una península irrumpen en la ventanilla izquierda del avión. Se trata de los montes Pitons que se alzan majestuosamente justo al sur del poblado de Soufriere, y que constituyen prácticamente el símbolo con el que Santa Lucía es conocida en el mundo entero. Pero en mi camino del aeropuerto internacional de Hewanorra, en la punta sur de la isla, al aeropuerto regional de Vigie, en las afueras de la capital, Castries, un buen taxista me ha llevado por el interior del país, atravesando una selva, cruzando ríos, bordeando poblados y mostrándome, con un agrado que trascendía la rutina, la belleza, diversidad y riqueza natural de su patria.

 

Sentado en un tugurio en la bahía de Vigie, tras ver el verde más verde que haya visto en mi vida, me sorprendería pensando cómo en la literatura caribeña surgen también dos imponentes figuras universales y hasta sofocantes: el trinitario de origen hindú y corazón británico, Vidia Naipaul, y Derek Walcott, orgullo de Santa Lucía y uno de los dos individuos laureados con el premio Nobel que esta “Antilla Menor” ha engendrado.

 

Allí, con los pies envueltos en la arena blanquecina, bebiendo a sorbos largos de una botella transparente con una etiqueta que reproduce la figura de aquellas montañas y lee Piton lager beer, oteando el azul infinito en busca del bimotor que me llevará a Antigua, pienso en la literatura caribeña, un aspecto de la cultura de estas islas que a menudo se ve ignorado en medio de la serie de clichés de aguas turquesas, cócteles revolucionarios y caladas de Bob Marley que suele acompañarlas.

 

Y no solamente pienso en ella, sino que me enfrento cara a cara con uno de los referentes esenciales de la cultura, y por ende la literatura, del Caribe: el idioma. Por más que lo intento no consigo adaptar el ritmo de mi oído a la cadencia de los cinco lugareños que a mi lado juegan una partida de dominó que podría ser infinita. El sustrato de lo que hablan es inglés, aunque se nota más que un dejo de francés en su articulación, pero la sustancia, la esencia del creole, eso, es autóctono, único, y legítimo.

 

Kamau Brathwaite. Foto: enciclopediapr.org

La reivindicación del creole forma parte intrínseca de la literatura Caribeña. Presente indefectiblemente en la obra de los principales poetas de la región, la preocupación de Kamau Brathwaite, el genio de Barbados, por enunciar y transcribir una lengua caribeña nativa y conjunta en su poesía nunca me fue tan comprensible —tan urgente— como aquella tarde en las afueras del “terminal” del aeropuerto de Vigie.

 

La obra más representativa del trabajo de Brathwaite surge en los años ’60, tras su retorno de las costas de Ghana y embarcado en su proyecto académico junto con la Universidad de las Antillas, el cual lo llevaría a estudiar las raíces afrocéntricas de la cultura caribeña  en su versión más cotidiana. Esta investigación lo pondría en contacto con la obra de Jorge Guillén, referente inalienable de la literatura cubana. Enamorado de la música, Guillén se atreve a explorar y a reivindicar la más profundamente negra de las expresiones populares, el son, antes de que fuera aceptado por una sociedad marcada por prejuicios raciales.

 

Su breve colección de poemas, Motivos de son, constituye una contribución trascendental no solamente a la cultura caribeña, sino al patrimonio de la humanidad. De hecho resulta difícil imaginar hoy en día un momento histórico en el que no se reconociera (e inclusive se repudiara) el ritmo, la clave, el son cubano. No hace falta visitar el malecón de La Habana para compartir ese sentimiento, ese sabor intrínseco, innato, intuitivo que cautivara a Guillén. Basta con tener un colega cubano, con escuchar una canción de Bebo Valdés o de Celia Cruz,  con sentarse a la mesa frente a un plato de “ropa vieja” o de “moros y cristianos” para tener una experiencia directa de aquello que Guillén consigue plasmar, con una sensibilidad envidiable, en Motivos de son, en Poemas mulatos, y finalmente en Songoro cosongo —acaso una de las obras más presentes en la canción popular en idioma castellano en el siglo XX.

 

Pero si la relación de Guillén con Cuba y el cubano es omnipresente, la de Brathwaite con el barbadense no lo es menos. Esto a pesar de que las aspiraciones, y en gran medida los logros, de su poesía van mucho más allá de las costas de su isla. Abrigado bajo uno de los más hermosos conceptos de integración regional concebidos recientemente, Brathwaite elabora una metáfora en la cual la placa continental subyacente bajo el Mar Caribe actúa como una plataforma común en la que se anclan y por lo tanto se comunican cada una de las islas.

 

Dejando a un lado la validez empírica de esta imagen —y existen suficientes argumentos para sustentar al menos una buena parte de las afirmaciones de Brathwaite—, en el fondo la búsqueda del poeta es política, sí, (y por lo tanto colectiva), pero sobre todo es interna (y por lo tanto individual). El sustrato que para Brathwaite es común entre todas las islas se ve reflejado en lo que él llama el “lenguaje de nación”, o lo que es lo mismo el creole de cada una de las islas. En este sentido, la poesía de Brathwaite es un tributo a cinco colegas alternativos, similares a los que a mi lado abalanzan piezas de dominó contra la superficie de madera, que en algún bar de Bridgetown, en las costas orientales de Barbados repletas de surfistas y de vendedores ambulantes, o en las antiguas plantaciones del norte del país se intercambian palabras que en algún momento han tenido que hacer suyas (y solo suyas) para conseguir al menos un mínimo grado de libertad. Y es allí donde resulta fascinante la sintonía de Brathwaite con el proceso histórico que ha conducido y sigue conduciendo el desarrollo del creole barbadense, pues su obra refleja en el acto de la lectura (y la relectura) precisamente el mismo fenómeno de alienación, pausa y repetición que sucede una y otra vez a la hora de hablar con un local.

 

Guillén encuentra en la música la esencia del cubano, y Brathwaite en su habla la de el Caribe entero, pero el objetivo de ambos es uno solo, común y recurrente en la literatura caribeña: se trata de la búsqueda de identidad en una zona fragmentada por las circunstancias. Esta repetición se da no tan solo en escritores de distintas épocas y de diferentes islas, sino que se reproduce también en cada uno de los idiomas dominantes de la región: en el castellano de Guillén, en el inglés de Brathwaite, y en el francés de Glissant, de Cesaire, de Chamoiseau, todos exponentes de la impresionante producción intelectual que desde antes de la Segunda Guerra Mundial ha surgido de la isla de Martinica.

 

La obra de Glissant está íntimamente ligada a la de Brathwaite y por ende a la de Guillén. Fundamentalmente teórica, su finalidad ha sido la enunciación de una especie de fondo de atributos y experiencias compartidas que sirvan de conector no solamente para las islas sino, al fin y al cabo, para toda la humanidad. Sin emabrgo, una de las obras tempranas de Glissant, y acaso un intento por postular sus teorías a través de la ficción, fue la novela Le Lézard (El río Lézard), en la que el autor destaca el contraste entre el campo y la urbe en Martinica.

 

Una obra eminentemente experimental en la que las nociones de tiempo y espacio se ven colapsadas a través de constantes cambios de perspectiva, Le Lézard es difícil de penetrar, como la naturaleza de la zona más densa de Mont Pelée en Martinica. Pero obviando los méritos o deficiencias narrativas que esta novela pueda presentar, la dicotomía Fort-de-France/provincia continua hoy en día siendo plenamente relevante. De hecho, a pesar de que Glissant ubica su novela en medio del conflicto definitivo del siglo XX y bajo condiciones extremas en las que participar en la resistencia contra la ocupación Nazi de la isla se convierte en el único símbolo de identidad aceptable, las descripciones físicas que Glissant hace del medio ambiente rural en el que se desenvuelve uno de sus protagonistas podría adecuarse perfectamente a la realidad actual de cualquier pueblo del interior de una isla que se ve marcada por su escacez de playas, por su carácter rupestre tropical.

 

Es posible que estas descripciones sean lo único tradicional en la novela de Glissant, pero no toda la literatura del Caribe es intensamente experimental. Volviendo a uno de los grandes Pitons del los últimos 50 o 60 años, Derek Walcott busca concientemente conseguir un sincretismo entre la tradición occidental, recibida y heredada por los súbditos de las diferentes coronas en estas tierras marginadas, y la cultura local, descartada por los centros de poder pero a la vez inexorable para quien ha sido fruto de ella. Es por ello que su poesía adquiere formas más clásicas que sin embargo reinciden sobre el objetivo identitario.

 

Pero si la poesía de Walcott refleja un enorme respeto por la trayectoria artística e intelectual occidental, de la que él se considera un exponente y una parte intrínseca, ella también denota un amor pasional por su isla. Es por ello que mientras mi taxista me instruía con esmero e inclusive con algo de vanidad en las virtudes naturales de su país, no podía dejar de pensar en Walcott y en todo lo que su presencia opaca. Porque el paseo por el interior de Santa Lucía evocaba en mí más bien imágenes de Le Lézard con su profundo verdor, mientras que en Walcott, como en casi todas las islas, el elemento dominante es el mar. Ese mar imponente, infinito, caprichoso, por el que todo isleño siente una combinación de nostalgia, temor, y el más incontenible amor. Sentado en la bahía de Vigie, observando el mar más hermoso del mundo, es imposible no relacionarse con la poesía de Walcott, es totalmente inevitable sentir un apego desproporcionado por algo que acaso hace unos minutos no se conocía.

 

Música y pueblo; idioma e identidad; la urbe y el campo; el mar y la vegetación; Africa y Europa; colono y esclavo. Son algunos de los polos que ejercen su fuerza magnética en el campo de la literatura. No son los únicos, ni son exclusivos unos de los otros. De hecho, a medida que las condiciones de vida van cambiando en el Caribe, su literatura refleja fielmente los nuevos conflictos a los que se enfrenta la sociedad. En este sentido la violencia ha ganado importancia en las últimas décadas, sobreponiendo un nuevo aspecto sobre el contraste de urbe y pueblo: el de urbe dominante contra urbe marginada.

 

En este sentido, nadie ha conseguido transferir con mayor dignidad, inteligencia y sensibilidad la crisis socioeconómica que azota a los grandes centros urbanos de la región que Earl Lovelace en su obra maestra The Dragon Can’t Dance (El dragón no puede bailar, 1979). En ella, el autor trinitario documenta con lujo de detalles las circunstancias que han derivado en la propagación de una intensa ira entre la población marginada de Puerto España, Trinidad, donde repentinamente las armas proliferan y la violencia se convierte en la única manera de exigir respeto del resto de una población completamente a gusto ignorando aquello con lo que no se quiere enfrentar. En The Dragon Can’t Dance, Lovelace integra prácticamente todos los grandes temas de la literatura caribeña (con la excepción de la diáspora), y consigue retratar los efectos positivos de una energía tan potente como agresiva que en última instancia produce o alimenta parte de lo que es más profundamente trinitario: el steel band, el carnaval, el calipso (la música, de nuevo protagonista), el disfraz, y, en última instancia el amor (que ya no es trinitario, sino universal).

 

Es hora de partir, y de pronto me asedian unas ansias incontrolables por visitar Trinidad, por adentrarme en los confines de Puerto Príncipe, por buscar la huella que Lovelace ha dejado plasmada para siempre en su mejor libro. Pero mi vuelo es hacia el norte, y las tierras del sur tendrán que esperar a otra oportunidad. Bebo los restos de mi Piton y pienso en las islas que sobrevolaremos. Pienso en Jean Rhys, hija pródiga de Dominica, madre de la literatura caribeña anglófona, y pienso en su Ancho mar de los Sargazos, por supuesto, pero también en Buenos días, medianoche, una joya donde las haya. Pienso en Maryse Condé de Guadalupe, en E. A. Markham de Montserrat, en Jamaica Kincaid de Antigua, en Marie-Elena John. Termino mi cerveza y pienso que en el Caribe siempre hay algo nuevo que explorar; pienso, sacudo mis pies, y pienso que también el cliché tiene cabida dentro de este pensamiento, y viceversa.

 

 

Publicado por la revista Domingo del diario Mercurio de Santiago de Chile el 25 de agosto de 2013.

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