Lecturas azarosas

A la merced del azar, mis lecturas han naufragado sin rumbo desde que decidiera suspender permanentemente mi columna quincenal en el diario de la isla —ni siquiera mi isla, sino la isla de al lado—. Aún no termino de escribir estas líneas, que de cierta manera es el equivalente a decirlas en voz alta, aunque en realidad sea exactamente lo contrario, porque escribir es una actividad obligatoriamente silenciosa, además de ser, como lo dice John Updike —o acaso es Philip Roth quien lo dice, también ellos, dos iguales por ser opuestos—, a thoroughly shady affair, y casi como prueba de ello me doy cuenta, inclusive antes de terminar de escribirlas, de que estas líneas están plagadas de ambigüedad y de verdades a medias, progenitores ambos del fake news, aquel desapacible fenómeno que pareciera haber despegado en la era de las redes sociales, aunque en realidad existiera —con otro nombre, claro— toda la vida.

Porque si bien es cierto que mi renuncia del periódico, anunciada y pospuesta desde hacía años, fue recibida con pesar por parte de mi editora, también es verdad que la decisión de interrumpir nuestra colaboración no fue unilateral, ni ha podido serlo de ninguna de las maneras, porque una columna es como un relación sentimental, and it takes two to tango, y después de más de diez años de amores nadie puede darse la media vuelta y desaparecer, o al menos no debería poder hacerlo, así que si yo lo hice fue en parte porque el periódico estaba quebrado, como lo están todos los amores que terminan.

Pero esta nota no es acerca de mi columna, ni acerca de mis amores, sino acerca de mis lecturas, que al fin y al cabo viene a ser lo mismo pero diferente, lecturas que desde que ya no escribo acerca de literatura se han vuelto menos coherentes y, cómo no admitirlo, menos frecuentes, como el sexo después del desamor. Lo cierto es que el azar, capitán no digamos ya de mis lecturas sino de mi vida, quiso que en una casa ajena y por mí hasta ahora desconocida, en una casa pecaminosa, por así decirlo, mis ojos dieran con una colección de clásicos publicados por una editorial florentina en su inglés original. Específicamente fue un tomo de Melville que incluía un relato acerca de aquel escribiente contrariado que lleva por nombre Bartleby —tanto el relato como el escribiente— y que desde siempre figuraba en ese paroxismo del olvido que es la lista de lecturas pendientes, el slush pile de todo lector, que es como el Infierno de Dante, un lugar del que nunca ha salido con vida título alguno, excepto el Bartleby de Melville, por azar, aquella noche en la que se consumó un pecadillo extracurricular, si es que el engaño sigue siendo tal después del divorcio.

Fue así como tarde, muy tarde en la vida, supe de la existencia de aquel escribiente que prefería no hacer lo que se le solicitaba. El mismo que sirvió de inspiración para que Vila-Matas escribiera Bartleby y compañía, su tratado acerca de la literatura del No, que en realidad no es un tratado sino una novela no escrita —un texto acerca de los escritores del No no podía escribirse de otra manera que no escribiéndolo, o mejor dicho, escribiéndolo en notas al pie de una página prácticamente vacía, de hecho, vacía del todo, de no ser por las notas mismas.

Notas, dicho sea de paso, bastante persuasivas en su esfuerzo por interesar al lector en otros textos de otros escritores, los escritores del No. Es decir, que el Bartleby de Vila-Matas, es un libro suicida, en la medida que su lectura te obliga —sí, esa es la palabra, te obliga— a dejarlo a un lado y a abrir otros libros, uno de los tantos a los que hace referencia, libros famosos y entrañables, libros que casi todo lector tendrá en su biblioteca, no todos ellos, claro está, pero alguno, y alguno estará también en el estante (o al menos en la repisa del estante) dedicado a los libros por leer, que es también una sucursal del Infierno de Dante, pero una un poco más cercana al Purgatorio, y que por casualidad es justo donde Bartleby y compañía habitaba en mi biblioteca desde hacía años, hasta que el azar quiso que tuviera mi idilio con Melville.

Podría decirse entonces que de un golpe rescaté dos títulos de mi lista de libros por leer, pero eso también sería una verdad a medias porque el Bartleby de Vila-Matas más que un tratado o una novela es en realidad un catálogo de lecturas pendientes, por lo que adentrarse en su texto supone también ir ampliando exponencialmente el perímetro del Círculo de Autores por Leer, lo cual hace disparar el grado de ansiedad del lector —y aquí me veo obligado a caer en la más odiosa de las prácticas, referirme a mí mismo en tercera persona, pero no queda más remedio— porque la función natural de las listas de lecturas pendientes no es en realidad la de asignar tareas futuras, la verdadera función de estas listas consiste en crear una imagen engañosamente atractiva de nosotros mismos, un alter ego más y mejor dotado de lecturas que por definición solventan las carencias en nuestro repertorio cultural, es decir, que sirven de puente intelectual entre el Yo real y el Yo ideal, pero en la medida que ese puente se hace más y más largo crece también la brecha entre el lector que somos y el que quisiéramos ser, y el equilibrio entre la ambición y el desengaño es de los más frágiles del mundo, y si se hace demasiado evidente que no bastará esta vida para completar tantas lecturas se corre el riesgo de cuestionarse por qué, por qué no tengo tiempo para lo que quiero, qué decisiones he tomado que me han llevado a este abismo intransitable, por qué leo lo que leo y no lo que quiero leer, lo que he querido leer en el pasado, lo que por tanto tiempo quise leer (aunque ya quizás no lo quiera del mismo modo, o no lo quiera del todo), es decir, lo que quisiera haber leído, lo que sin duda debiera haber leído, pero no lo he hecho. Es evidente, o al menos debería serlo, que cuando se cae en este estado de ánimo resulta imposible continuar la lectura de Bartleby y compañía, o, venidos al caso, de cualquier otro texto.

Aunque mejor visto (y en este caso mejor no corresponde a un juicio de calidad sino de cantidad, me refiero, que vuelto a mirar), es verdad que leer a Vila-Matas es siempre complicado, no solo porque él sea un enfermo de las subordinadas —enfermedad esta, dicho sea de paso, profundamente contagiosa, como el Ómicron—, sino porque adentrarse en sus libros implica adentrarse en muchos libros al mismo tiempo, un ejercicio que termina siempre, para colmo, mordiéndose la cola, ni siquiera de manera sucesiva, una y otra vez, sino de manera constante, un rondar continuo en círculos concéntricos, de modo que pareciera que todos los libros de Vila-Matas fueran uno, único e indivisible, lo cual no termina de clarificar las cosas, pues si hay momentos en los que Bartleby y compañía se hace repetitivo, es difícil, de hecho, es prácticamente imposible, determinar si la repetición viene contenida en sus páginas o en otras páginas ajenas.

En medio de esta confusión no he conseguido entender —y se que nunca lo sabré cabalmente— si el ejemplar de Bartleby y compañía que rescaté de mi estante de libros por leer (hace ya muchos años que el lector que quisiera ser desbordó los confines de la repisa a la que estaba confinado y se apoderó de media estancia) estaba defectuoso o no, pues según exploraba sus páginas una noche, rodeado, claro está, por un mar de libros a medio leer, yo, la isla de lecturas incompletas sobre las que rompían las páginas de media docena de títulos de los susodichos escritores del No, títulos, todo hay que decirlo, que no correspondían exactamente con aquellos enunciados por Vila-Matas en su Bartleby, pues no caben en el universo dos criterios de lectura iguales, ni tampoco dos bibliotecas que los contengan, aunque siendo aún más sincero es verdad que las discrepancias entre mi criterio y el de Vila-Matas eran mayores que las coincidencias, así que si él hacía alusión a los Diarios de Kafka yo me contentaba con ojear sus Meditaciones, y dónde él, Vila-Matas, no Kafka, encomiaba al barón de Teive, heterónimo de Fernando Pessoa, yo abría el Libro del desasosiego, sobre todo porque el barón nunca había tenido lugar en mi estante de libros por leer, ni lo tiene hasta ahora, aunque sí haya venido a abultar mi wishlist de Amazon, e inclusive cuando la obra referida por Vila-Matas se encontraba en mi biblioteca, como sucedió con Los elixires del diablo de E.T.A. Hoffmann, aún en ese caso la concordancia no llegaba a ser perfecta, pues mi copia en realidad pertenecía a mi abuelo alemán, por lo que estaba en el idioma original y no en el castellano de aquel Bartleby y compañía que yo leía, una reimpresión de 2016 por la editorial Debolsillo que, aunque llevara muchos años en mi estante de libros por leer, solo esa noche, según exploraba sus páginas por primera vez, caí en cuenta de que contenía todo un fajo de páginas repetidas, 32 de ellas, para ser exactos.

Es del todo probable que la lectura de Bartleby y compañía no llegue jamás a ser completamente satisfactoria, porque 200 páginas no pueden alcanzar para hacer una relación exhaustiva del laberinto del No, pero más allá de esta consideración, mi lectura, de por sí atravesada como el cuerpo de San Sebastián por numerosas tangentes, se vio condicionada por un error tan intrínsicamente literario que resulta difícil creer, como lo creo, que haya sido sólo un golpe del azar lo que me obligara a detener, al menos temporalmente, mi paso por aquel catálogo de notas apenas llegados a la número siete, pues la página 32 de mi ejemplar viene seguida por la página 113, y luego la 114, y luego la 115, hasta llegar a la 144, que viene seguida por la 65, y luego la 66, y después la 67, y así sucesivamente.

Dado el contexto de mi experiencia y conociendo el fetiche meta-literario del autor, mi primer instinto, si acaso el instinto puede adaptarse al contexto, lo cual es al menos dudoso, por lo que para evitar entrar en disquisiciones filosóficas digamos que mi primera reacción fue asumir que Vila-Matas se había apoderado de aquella estrategia de lectura propia de Cortázar, elevándola de rango y convirtiendo lo que en Rayuela no es más que una sugerencia en una imposición física que me obligara a romper la lectura lineal del tratado. Dada mi reticencia por seguir instrucciones y mi inclinación por leer un libro de pe a pa, me dispuse a hacer el salto de página necesario para continuar con el orden natural de la lectura, es decir que usando mi pulgar derecho como freno apliqué presión sobre la contraportada del libro con mis dedos índice y anular y dejé que las hojas fueran pasando rápidamente hasta llegar a la página 112, donde esperaba encontrarme con un nuevo salto quántico, por así llamarlo, que me llevara de vuelta a la página 33. Solo que mis expectativas se vieron frustradas por el más ordinario de los hechos, pues la página 112 venía seguida por la 113, que a su vez venía seguida por la 114 y la 115 y la 116, las mismas 113, 114, 115 y demás que se intercalan entre la página 32 y la página 65 de mi ejemplar.

No pude evitar pensar en ese momento que mi predicamento era claramente (meta) literario, y aunque tal vez estuviera condicionado, encima de todo, porque este embrollo ocurría en medio de la noche —de una noche invernal, evidentemente, aunque las latitudes en las que me encontraba no permitieran que fuera una particularmente fría sino todo lo contrario, era una noche serena, un tanto larga, eso sí, prácticamente equinoccial pero plácida—, me supe entonces un personaje dentro de un relato o una novela, aunque no fuera en realidad una novela de Vila-Matas sino más bien de otro excelso relator de las confluencias entre la literatura y no digamos ya la realidad pero la vida, no la vida tal y como es pero sí como pudiera serlo, como lo sería en una novela que esboza una realidad alternativa, acaso una realidad de mentira, es decir una obra de literatira como lo puede ser, y de hecho lo es, Si una noche de invierno un viajero.

Así que un error —o acaso un “error”, eso nunca llegaré a saberlo— de encuadernación, 32 páginas (un número que apunta claramente a un error genuino, pues no es más que un folio A1 plegado cuatro veces, dividido en dieciseisavos que al ser estampados por ambas caras se convierten en 32 páginas) que al estar absolutamente fuera de lugar, o al menos de secuencia, consiguieron extrapolarme de la realidad real y colocarme en el mero centro de una obra de Ítalo Calvino (que no por ser literaria es menos realidad, aunque sea menos real), ni siquiera en un rol periférico sino en el papel principal, el papel de Lector —he allí el gran peligro de empezar a hablar acerca de uno mismo en tercera persona, que de repente y sin saber de qué modo pasas de simple pronombre personal a Lector con mayúscula— sobre el que recae la responsabilidad de portar adelante la historia, que es también la lectura. Es decir, que de un sopetón perdí no tan solo mi identidad sino también mi libre albedrío, para convertirme en Lector anónimo y universal.

Si esto fuera una novela estructurada a retazos, hecha de fragmentos de muchas otras novelas posibles pero nunca escritas, o si esto fuera un tratado, quiero decir, la excusa de un tratado que es en realidad un laberinto del No, entonces yo, que ya no sería yo sino Lector (con mayúscula), me vería obligado a indagar, a como de lugar, cuál es el contenido de aquellas 32 páginas faltantes, dirigiéndome naturalmente a la librería donde alguna vez compré mi ejemplar de Bartleby y compañía para exigir una explicación (y un ejemplar con el texto íntegro) o al menos para presentar una reclamación y escalar mi caso, que sería también mi búsqueda, hasta llegar a las puertas de la editorial, pero antes de ello, acaso en la librería, o más probablemente en la tienda de souvenirs que ahora habitaría el recinto en el que se encontraba la susodicha librería, que sin duda alguna ya habría quebrado, me habría topado con mi Ludmilla, iracunda e indignada por el mismo error de encuadernación que me ha llevado a escribir estas líneas que nunca habré de decir en voz alta, como 99% de las líneas que jamás he escrito, y junto a esta esquiva pero seductora compañera emprendería la aventura o, lo que es lo mismo, la lectura.  

Ha venido, sin embargo, la realidad real a imponerse sobre todo fetiche literario, pues la isla en la que vivo, que no es aquella donde se publicaba mi columna literaria sino la de al lado, no tiene librerías, ni tampoco sucursales de la editorial Debolsillo, y como se que Amazon no da crédito a errores de imprenta ni entabla correspondencia con sus usuarios, pues no me he molestado en presentar reclamo alguno. Solo me he remitido a archivar mi copia de Bartleby y compañía en la repisa de libros sin acabar, a sabiendas de que, por más que quiera, nunca podré completar su lectura. Y está bien, no pasa nada —después de todo, es así como lo ha querido el azar.

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