Camus y la muerte de los autos de lujo en Francia

El 4 de enero se celebraron los 50 años de aquel trágico accidente automovilístico sucedido en la carretera nacional N5 de Francia, que le costó la vida a uno de los principales exponentes de la literatura francófona moderna, Albert Camus, así como a su editor y amigo, Michel Galimard, quien iba al volante de su Facel Vega FVS 3 Typhoon. La cantidad de publicidad negativa que el fabricante de automóviles de lujo habría de recibir a partir de este momento significó la caída en desgracia de la compañía y, en definitiva, su desaparición apenas cuatro años más tarde.

El FVS3 y aquel árbol desgraciado. Foto: mael.monnier.free.fr.

Las circunstancias que rodean el accidente son tan triviales como inciertas son sus causas: Camus se encontraba en la región de Provenza, donde tomaba unas vacaciones familiares junto a su esposa y sus hijos gemelos. El regreso estaba pautado para el 2 de enero de 1960, cuando habrían de tomar un tren desde Aviñón hasta París. Sin embargo, su amigo Michel Gallimard le propuso ocupar el último asiento libre en su FVS3 y hacer el viaje de regreso en coche, junto con la esposa e hija de Gallimard. El trayecto de 700 kilómetros debía tomarles dos días. Camus, aceptó, sellando, sin saberlo, su destino fatídico. A menos de 100 kilómetros de la capital, Michel Gallimard perdió el control de su Facel Vega, que se estrelló de frente contra un árbol desgraciado. El impacto tomó la vida de Camus instantáneamente; Gallimard sería llevado al hospital,dónde moriría al poco tiempo, víctima de sus heridas; Janine Gallimard y su hija, Anne, ubicadas en los asientos traseros, salieron ilesas del percance – al menos físicamente. La tragedia fue total.

Albert Camus, hijo de la guerra

Nacido el 7 de noviembre de 1913 en Mondovi (actualmente Dréan), en lo que en aquel momento fuera la Argelia francesa, la familia de Camus pertenecía al estrato más ordinario de inmigrantes franceses en la colonia, conocidos comúnmente como pied-noir(pies negros, en referencia a su éxodo hacia África). Por lo tanto, desde muy temprana edad Albert se vio enfrentado al trabajo arduo y a la desilusión. Su madre, de descendencia española, era parcialmente sorda y trabajó durante los años de la Gran Guerra en una fábrica. Su padre, campesino y patriota, no volvería de su asignación a los campos de batalla, donde encontró su muerte en 1914, en la primera batalla del Marne. Llegado el período de entreguerras, Camus se asentó junto con su madre en un vecindario pobre de Argel, donde albergó la primera ambición de su vida: convertirse en jugador profesional de fútbol. Pero el destino habría de depararle otras cosas, y sus deseos se vieron frustrados cuando fue diagnosticado con un caso de tuberculosis.

Camus. Foto: nndb.com

Así pues, Camus se inscribió en la Universidad de Argel, donde consiguió su título en Filosofía en 1936. Por el resto de su vida, Camus sostendría que una novela no es más que una instancia ejemplar de una filosofía específica. Al mismo tiempo, sus tendencias políticas se veían influenciadas claramente por su contacto con el proletariado, por su experiencia directa de lo que es la pobreza. En 1935 Camus se enlista en el Partido Comunista de Francia, pero su simpatía hacia la causa argelina, para la cual abogaba autonomía, si bien no independencia total, pronto lo lleva a meterse en problemas. Menos de dos años más tarde sería expulsado del partido, cuando se hacía evidente que su ideología no era compatible con la marxista-leninista. En el futuro, el excelso escritor habría de alinearse con los grupos anarquistas de Europa. Cuando la Segunda Guerra Mundial estalló en Europa, Camus apenas contaba con 25 años de edad. Entonces, morir en el campo de batalla habría podido convertirse en una tradición familiar, de no haber sido por su tuberculosis, la cual le causó problemas toda la vida, pero también le valió para conseguir un salvoconducto y despensa militar. Fue así como el mundo de la literatura ganó a uno de los mayores exponentes del siglo XX.

En 1942, en medio de la ocupación Nazi de París, Camus publica su primera novela, El extranjero, seguido por un magnífico ensayo filosófico titulado El mito de Sísifo. Juntas, estas dos obras constituyen una muestra comprehensiva y coherente de la propuesta de Camus en cuanto a la vida y el arte – una propuesta que a menudo a sido catalogada de diferente manera, desde nihilismo hasta existencialismo, pasando por el más comúnmente aceptado absurdismo.

En Sísifo, Camus encuentra un personaje que le permite exponer sus teorías acerca del sentido de la vida. Sísifo, generalmente retratado como un ente atormentado en el saber que su tarea se verá siempre arruinada por el castigo de un Dios vengativo que hace rodar aquel peñasco montaña abajo cada vez que él lo acerca a la cima, se ve confrontado por la opción del suicidio en la versión de Camus. Al no optar por él, Sísifo se somete al absurdo de verse frustrado por toda una eternidad. Sin embargo, en el esfuerzo diario Sísifo consigue consuelo, por lo que dedica todo su empeño a hacer lo que debe. Un conformismo que, para Sísifo, sabedor de su destino, puede confundirse con nihilismo. Pero para el ser humano de a pie, que no conoce su destino ni puede saber el futuro, es más bien un humanismo que se centra en aquello que el individuo puede controlar – lo demás, queda al cinismo de un Dios a quien, sin lugar a dudas, le atrae el absurdo.

Tras la guerra, la posición de Camus como uno de los intelectuales de mayor calibre en la Francia victoriosa queda cementada. Hacia el final de la guerra Camus había comenzado a trabajar en el teatro, donde su obra, Calígula, es producida en 1945, seguida por El malentendido de 1947. Ese mismo año Camus publica su obra maestra, La peste, en la que relata cómo la enfermedad, acaso un símbolo intercambiable por la guerra, el Nazismo, la opresión, penetra sin tregua la ciudad de Orán, cobrando vidas a diestra y siniestra sin discriminación ni piedad.

A lo largo de los años 50 Camus se vio más envuelto en activismo político, su pensamiento siempre atrincherado en la ideología liberal e individualista que lo caracterizó toda su vida. En efecto, siempre se supo opositor de convenciones como el matrimonio, para el que se confesaba inadecuado, a pesar de haberlo contraído en dos ocasiones diferentes. Pero inclusive después de verse consagrado como una figura de reconocimiento mundial, Camus siempre fue un individuo reservado. Así lo explicó en su discurso de aceptación del premio Nobel de literatura en 1957, cuando se declaró halagado a la vez que sorprendido por la decisión de la Academia. Al contrario que su amigo-vuelto-retractor, Jean-Paul Sartre, Camus aceptó el premio, aún cuando reconoció que, de haber tenido que votar por alguien, habría escogido a André Malraux. Aunque para entonces Camus ya había producido su obra Los justos (1949), y había publicado lo que sería su última novela, La caída (1956), su discurso describe su obra como una que está “en progreso”, por lo que no consideraba que su legado estuviera completo.

Cuando aquel desgraciado árbol de la Borgoña vino a terminar la vida de Camus, éste contaba apenas con 46 años de edad. Pero habían sido unos 46 años intensos: en ellos, Camus había logrado salir de la pobreza más absoluta, y lo había hecho en base a su esfuerzo y trabajo; había escapado la anonimia de la periferia para consagrarse en la gran escena de París; había pasado de ser un hijo huérfano de padre a ser padre de mellizos – y eso sin traicionar su acérrimo respeto por la privacidad y el individualismo; había sobrevivido la peor calamidad que el mundo hubiera visto jamás, y había salido de ella, no devastado, sino más bien dispuesto a hacer cualquier cosa en su poder para evitar que el desastre continuara – para contener aquella calamidad antes de que se convirtiera en una guerra nuclear –, y para comenzar la reconstrucción de la sociedad, de la cultura, inmediatamente. Europa, tal y como existe en la actualidad, no es sino un fruto de las intensiones de individuos como Albert Camus.

Facel Vega, el fin de una era

Perdida entre la tragedia familiar, social, intelectual que significó la muerte Michel Gallimard y Albert Camus no debe quedar la caída en desgracia de la última de las marcas automovilísticas de prestigio de Francia. La crisis que asedió a la industria con la Segunda Guerra Mundial y los efectos de la post-guerra, como un pronunciado impuesto agregado en Francia a cualquier producto estimado “de lujo”, significó la ruina para gran número de fabricantes de autos exclusivos. Sin embargo, entre las víctimas de la época llaman la atención dos nombres que se vieron sumergidos en la bancarrota a causa de accidentes de tránsito.

Delahaye, la primera víctima de la crisis fiscal francesa de la post-guerra. Foto: cartype.com.

La primera fue la conocida Delahaye, la cual batallaba contra los efectos del impuesto y la reducción del mercado en la década inmediatamente posterior a la guerra, cuando el prominente Sr Baylet, director general de la agencia de prensa Depeche du Midi, perdió la vida al estrellarse con su 178 Vanvooren contra un motociclista en los Pirineos Orientales. Sucedía esto el 30 de mayo de 1950. Menos de tres años más tarde la compañía desaparecería por completo.

La segunda, por supuesto, habría de ser Facel Vega. Hasta hoy es famoso el dictamen del mecánico a quien se le encargó estudiar los restos del automóvil tras el accidente: “este coche es una tumba.” Aquel desgraciado árbol de la N5 eventualmente habría de costar la liquidez a la empresa, que cerró sus puertas en 1964. También se había cerciorado el árbol de poner un final elegante a la vida de un hombre que había sido el logro personificado: Camus, como Marilyn Monroe, como Steve McQueen, nunca habría de ser viejo.

 

 

 

PUBLICADO POR LETRALIA EL 1 DE FEBRERO DE 2010.

VERSIÓN ABREVIADA EN INGLÉS PUBLICADA POR EL SUPLEMENTO SABATINO DE EL DAILY HERALD DE SINT MAARTEN EL 9 DE ENERO DE 2010.
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