Copa Mitropa, precursora de la Champions

Los orígenes del fútbol organizado continental, fuera de las islas británicas, se remonta a finales de los años ’20 cuando la cuenca del Danubio, los vínculos forjados por un imperio tricentenario que apenas tenía una década extinto, y la determinación de un hombre singular, Hugo Meisl, hicieron posible el primer impulso de profesionalización, no solo a nivel nacional en la Austria natal de Meisl, pero también a nivel internacional con la creación de la Copa del Dr. Gerö (de selecciones) y la Copa Mitropa (de clubes), ambas fundadas en 1927.

 

Trofeo de la Copa Mitropa. Foto: magliarossonera.it.

Las únicas federaciones que para aquel entonces habían dado el paso a crear ligas profesionales de fútbol en el centro de Europa eran la de Austria (1924), la de Checoslovaquia (1925), y las de Hungría y Yugoslavia (1927), por lo que la primera Mitropa constó de dos equipos de cada uno de estos países. La superioridad de los combinados austriacos y checos quedó reflejada en la final, disputada entre el Sparta de Praga y el Rapid de Viena. Eran los días previos, hasta ahora, a la edad de oro del fútbol austriaco, aunque en aquel Rapid ya figuraba Roman Schramseis y Pepi Smistik, mítico medio centro del Wunderteam de los ’30 y titular de la selección hasta el mundial de 1934, así como Franz Weselik y el controversial Johann Horvath, figuras periféricas de aquel once nacional, que en el club verdiblanco se combinaban todavía con grandes nombres de la época amateur, como lo eran “Ferdl” Wesely, especialista de tiros libres, Leopold Nitsch, el capitán, y Karl Wondrak.

 

Silny con Checoslovaquia. Foto: silny.wz.cz.

La copa, sin embargo, se quedaría con el Sparta, entrenado por uno de los pioneros del fútbol escocés, John Dick, tras asegurar un enfático 6-2 en el partido de ida con dos goles de Adi Patek, jugador austriaco, irónicamente, y dos más de Josef Silny, figura fundamental de la selección checoslovaca que en 1934 llegaría la final de la Copa del Mundo. La vuelta en Hohe Warte resultó ser poco más que académica, a pesar del enfado de los fanáticos del equipo local, que apenas consiguió vencer por 2-1 a los checos—un resultado que no alcanzaba ni siquiera para albergar esperanzas.

 

El Rapid volvería a figurar en la final de la Mitropa un año más tarde, a pesar de perder el título nacional por segundo año consecutivo contra el Admira del jovencísimo delantero Anton Schall, uno de los jugadores más explosivos de la época. En esta ocasión, el rival del Rapid sería el Ferencvaros, máxima potencia histórica del fútbol húngaro, que además venía de demoler al Belgrado OFC por 0-7 y 6-1 en ida y vuelta, y de eliminar al propio Admira con victoria a domicilio 1-2 y en Budapest 1-0.

 

Ferencvaros 2 – 1 Admira, 1928. Foto: tempofradi.hu.

 

Aquel Ferencvaros contaba con los servicios del central Márton Bukovi, quien luego se convertiría junto a Gusztáv Sebes y Béla Guttmann en uno de los pioneros del sistema de juego de los magyares mágicos, así como con el delantero József Takács, uno de los jugadores más importantes de Hungría a lo largo de los años 30, máximo goleador de aquella Mitropa con 10 tantos y máximo goleador de la liga húngara en cinco ocasiones (1926, ’28, ’29, ’30 y ’32), Willy “el cañón” Kohut, futura estrella del Olympique de Marsella y miembro de la selección Magyar que disputaría la final de la Copa del Mundo de 1938 contra la Italia de Mussolini, y “Emilio” Berkessy, medio centro que entre 1934 y 1936 jugaría para el Barcelona.

 

En la final del ’28 al Rapid le sucedió lo que le había acontecido ante el Sparta un año antes, pues el Ferencvaros consiguió una victoria contundente en Budapest, de mano de un triplete de Takács y dos goles del “cañón” Kohut, resultando en un 7-1 que difícilmente podría rescatarse en la vuelta. Por lo tanto, por segundo año consecutivo la Mitropa terminó en el estadio de Hohe Warte, con una derrota para el equipo campeón, pues el 5-3 a favor del Rapid era suficiente para coronar a un Ferencvaros que se establecía como uno de los equipos más fuertes de la época con tres títulos de liga húngara consecutivos, dos Copas de Hungría y una Mitropa en tres temporadas. Los años de gloria del Ferencvaros se extenderían hasta la llegada de la Segunda Guerra Mundial, con títulos de liga en 1932, ’34, ’38, ’40 y ’41, de copa en 1933, ’35, ’42, ’43 y ’44, y otra Mitropa en 1937. 

 

La delantera del Fradi: Táncos, Takács, Turay, Toldi y Kohut. Foto: huszadikszazad.hu.

Pero antes de eso llegarían los cambios de 1929, producidos por la crisis constitucional que se vivió en el reino pan-eslavo tras el asesinato de Stjepan Radic, uno de esos enfrentamientos que constantemente se anidan en los Balcanes, y que en esta ocasión resultó en el daño menor de redireccionar las tarjetas de invitación a la Mitropa hacia latitudes más alpinas, y que, por lo tanto, significó la primera participación de combinados italianos, la Juve y el Genova, en la competencia, los cuales reemplazaron a los yugoslavos.

 

En esta ocasión le tocaría el turno de brillar al Ujpest húngaro, de la mano de Stefan Auer, uno de esos curiosos casos de jugadores de nacionalidades múltiples (en su caso rumano y húngaro) que pudieron jugar con varias selecciones durante su vida. Los 10 goles de Auer en la Mitropa del ’29 le valieron para ser máximo goleador del torneo y para ayudar a su club a superar al sempiterno Rapid en el partido de desempate de la semifinal, que terminó 3-1 tras la prórroga. La final, por lo tanto, enfrentaría al Ujpest de Auer y de los famosos hermanos Fogl, dos fornidos defensas que formaban la llamada “Puerta de los Fogl”, ante un Slavia de Praga que se convertiría en el equipo dominante del fútbol checoslovaco hasta que fuerzas mayores, las de Hitler, concretamente, pudieran hacer algo al respecto. Aquel Slavia monumental contaba ya entre los tres palos con “la Pantera de Praga”, Frantisek Plánicka, quien, junto con la tripleta de atacantes, Frantisek Junek, Frantisek Svoboda y Antonin Puc formarían el núcleo de un equipo que ganaría la liga checoslovaca en 1929, ’30, ’31, ’33, ’34, ’35 y ’37, y que, en definitiva, constituiría la piedra angular de la selección finalista de la Copa del Mundo de 1934.

 

Toda esa historia por venir, sin embargo, no le bastó al Slavia en 1929, bajo el mando desde 1905 del entrenador escocés John Madden, para vencer a su homólogo húngaro, que aprovechó el partido de ida en Budapest para conseguir una ventaja de 5-1 que luego, en Praga, fue insalvable.

 

Los elementos que dominarían el fútbol europeo por la próxima década estaban ya en su lugar: la Mitropa vendría a ser dominada por equipos vieneses en los próximos años, mientra en Hungría el Ujpest y el Ferencvaros desarrollaban una rivalidad comparable solo con la del Sparta y la del Slavia en Praga. Italia, por su parte conseguiría hacerse con los máximos honores mientras todo el mundo se ocupaba de alguien más, sobre todo porque en aquella época Alemania no figuraba, así que el fútbol seguía siendo un juego de once contra once en el que el desenlace era una incógnita.

 

Con la nueva década, la de los 30, llegó también, casi de golpe, un vendaval futbolístico como pocas veces antes se había visto: el del Wunderteam austriaco. Siempre bajo la tutela de Hugo Meisl y con la influencia de Jimmy Hogan, Austria se convirtió en una potencia futbolística, alzándose con la Copa Internacional de 1931-32, perdiendo en el Mundial de Italia de 1934 contra los anfitriones en circunstancias controvertidas, y perdiendo, de nuevo, aunque esta vez con un equipo de amateurs, en los Juegos Olímpicos de 1936 contra el mismo rival. También en la Mitropa los clubes austriacos llegarían a dominar durante la primera mitad de los años 30, hasta que el Anschluss puso un trágico final a esto, como a muchas otras cosas mucho más importantes que el fútbol.

 

Ya en 1930, el Rapid, finalista en dos ediciones previas, conseguiría, finalmente, alzarse con el título, tras derrotar en la final y la semifinal al Sparta y al Ferencvaros, con los que había perdido en las finales de 1927 y ’28 respectivamente. Aquella edición de la Mitropa, sin embargo, resaltaría por la actuación de un jovencísimo Giuseppe Meazza con el Ambrosiana (hoy en día el Inter de Milán), equipo que logró eliminar tras dos encuentros de desempate al campeón vigente, el Ujpest de Budapest, antes de caer derrotado por el Sparta en la semifinal. El campeón checo, por su parte, se había hecho de los servicios del delantero belga, Raymond Braine y había descubierto en su cantera el talento del jovencísimo Oldrich Nejedly, mientras que el refuerzo más destacado del Rapid con respecto a años anteriores era la incorporación a su zaga de Karl Rappan, inventor, años más tarde, del famoso verrou.

 

Por primera vez en 1931 el campeón vigente no pudo optar por retener el título, pues el Rapid quedó tercero en el campeonato austriaco y fue eliminado en la Copa. Sin embargo, los representantes vieneses, el First y el Viena AC, desempeñaron un gran papel, enfrentándose entre sí en la final del torneo. La victoria, en definitiva, fue para el First de Viena, que contaba con una defensa férrea coordinada por Karl Rainer y Josef “Pepi” Blum, y un medio campo orquestado por el altamente creativo Fritz Gschweidl, tres partes fundamentales del Wunderteam austriaco. También el Viena AC, equipo desaparecido desde los años 70, contaba con figuras importantes, como el portero Rudi Hiden y el robusto central Karl Sesta, un antiguo luchador que por años formaría parte del combinado nacional de fútbol, además de dos goleadores importantes en las figuras de Heini Hiltl y el alemán Josef Heinke.

 

Pero en definitiva la experiencia del First se impuso en una final cuyo primer enfrentamiento, curiosamente, se jugó en Zurich, antes de que los del barrio de Döbling deleitaran a su público en el Hohe Warte vienés. Ese mismo First, con Rainer, Blum y Gschweidl terminaría segundo en el campeonato austriaco en 1932 y se enfrentaría al Bolonia en la final de la Mitropa, gracias a un insólito detalle burocrático: tras eliminar al Ujpest en primera ronda, el First se encontró en la semifinal con el subcampeón italiano, el Bolonia de Angelo Schiavio y los uruguayos Fedullo y Sansone, quienes lograron proteger la ventaja de 2-0 conseguida en el partido de ida en Italia para clasificarse a la final.

 

Los favoritos del torneo, el campeón italiano, Juventus, y el campeón checoslovaco, Slavia, se enfrentaban en la otra semifinal. Pero la atmósfera en los dos encuentros entre estos equipos fue de agresión extrema y ya en el enfrentamiento de ida, el interior del Slavia, Vlastimil Kopecky, anotaría dos goles antes de cambiar disciplinas y enfrentarse en duelo directo a su marcador, Mario Varglien. También el entrenador del Slavia se involucró en las broncas y arremetió en contra del propio Varglien. En el minuto 81 el jugador argentino, Renato Cesarini, un mediocampista exquisito experto en goles de último minuto (lo que hasta hoy se conoce como la “zona Cesarini”), mostró también habilidad en el boxeo, noqueando de un golpe a Antonin Puc. Cesarini fue expulsado y recibió una multa de 2000 liras, al Slavia le fue otorgado un penalti, y el encuentro terminó 4-0 a favor de los locales.

 

Soldados protegen puesto de narrador checo en Turín. Foto: slavia.webzdarma.cz.

Pero aún quedaba el partido de vuelta, a disputarse cuatro días más tarde en el Stadio di Corso Marsiglia. La prensa nacionalista de ambas partes creó tal revuelo que el enfrentamiento se convirtió en un asunto de honor nacional. Los camisas negras italianos se vieron obligados a proteger a los jugadores del Slavia, en peligro de linchamiento. Durante el encuentro volaban proyectiles de todo tipo sobre el campo, específicamente en el área en la que se encontraban los checoslovacos. La Juve, con jugadores de altísima categoría, como el guardameta de la nacional, Gianpiero Combi, el propio Cesarini, los argentinos Raimundo Orsi y Luis Monti o el brasilero Pedro Sernagiotto, logró recortar el déficit con dos goles en la primera parte, pero tan pronto comenzó la segunda mitad Frantisek Planicka recibió una piedra en la cabeza que lo dejó colapsado por un cuarto de hora.

 

El Bologna campeón, en 1/4 ante el Sparta. En el centro, de blanco, Schiavo. Fuente desconocida.

El Slavia se rehusó a continuar el partido y obligó el abandono del mismo, lo cual, bajo los estatutos de la época, estaba penalizado con una derrota por tres goles en contra. Bajo este precepto, el Slavia ha debido clasificarse a la final con un agregado de 4-3. Pero el comité de la Mitropa resistió esta posibilidad, a pesar de que organizar un encuentro de desempate en un terreno neutral resultó imposible, con lo cual la decisión consistió en coronar campeón al ganador de la otra semifinal. Fue así como el Bologna se convirtió en el primer equipo italiano en ganar la Mitropa, y el First, técnicamente, en el quinto finalista austriaco en seis años.

 

Sería, sin embargo, en los años siguientes en los que surgiría el mayor mito del fútbol austriaco: Matthias Sindelar, el  “hombre de papel” una de las primeras y más literarias de las figuras futbolísticas de la era previa a la televisión. Centro neurálgico del Austria de Viena, “Sindi” se convertiría en el líder de toda una generación y llevaría a su combinado a levantar la Mitropa por primera vez, destacando una vez más la calidad de la liga austriaca, que aportaba su tercer campeón y quinto finalista en siete ediciones.

 

Juventus, 1933.

 

De hecho, es posible que la Mitropa de 1933 fuera la mejor y más representativa de todos los tiempos, pues los ocho equipos que la disputaron contaban con figuras míticas que trascendieron a lo largo de la historia. El Ujpest de Auer, campeón de 1929, se enfrentó al campeón de Italia, la Juventus de Turín, cuyo contingente sudamericano, en especial el brasileño “Maestrinho” Sernagiotto y el argentino Raymundo Orsi, causarían estragos en la zaga húngara. El otro combinado magyar, el MTK de Gusztav Sebes y una linea de ataque en la que figuraban Jeno Kalmár, máximo goleador y jugador del año en 1929, Pál Titkos, János Dudás (ambos internacionales), y el inolvidable Laszlo Cseh, uno de los más grandes dribladores de la época, fue eliminado por el Sparta de Braine, de Oldrich Nejedly, de Josef Silny y del central Josef Kostálek, quien logró neutralizar los avances de los húngaros.

 

En tanto, el Ambrosiana de Giuseppe Meazza y del argentino Atílio Demaría vencería al First de Rainer y Hofmann. Para entonces el otro baluarte de la defensa del First, Pepi Blum, ya había colgado sus botas, pasando a entrenar al Austria con el que pudo eliminar a un Slavia en el que aún figuraban Planicka, Junek y Svoboda, ahora junto a la joven generación de Vlastimil Kopecky, el segundo máximo goleador de la historia de la liga checa, y Jiri Sobotka y Stefan Cambral, finalistas de la Copa del Mundo de 1934.

 

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Sindelar en 1933

Fue así como la final de la Copa Mitropa 1933 fue publicitada como el enfrentamiento de dos de los más grandes jugadores del mundo: Meazza vs. “Sindi”. En Italia, el Ambrosiana salió victorioso con un 2-1 que supo a poco, a pesar de que el segundo gol local lo anotara un lesionado Virgilio Levratto (en aquella época no se permitía cambio alguno durante los partidos). La vuelta en el Prater, sin embargo, se convirtió en el clímax de la carrera de Sindelar, quien maniató a la defensa italiana, consiguió un triplete que lo consolidó como máximo goleador de la competencia (junto a “Momo” Orsi, Frantisek Kloz del Sparta y el propio Meazza) y, sobre todo, obsequió el título al Austria de Blum con un golazo escorado a la esquina del portero en el minuto 88 del partido, cuando ya todos daban por hecho que habría que jugar un encuentro de desempate. Fue la coronación en casa de un ídolo como los ha habido pocos en el fútbol.

 

Al año siguiente el formato de la competición se ampliaría a 16 equipos, entrando así al punto álgido de su historia. A pesar de contar con el doble de participantes, los países invitados continuarían siendo los mismos: Austria, Italia, Hungría y Checoslovaquia. Una serie de particularidades caracterizaron aquella Mitropa, entre ellas las 800 personas que fueron a ver al Florisdorf de Viena ante el Ferencvaros de Budapest en un Hohe Warte cuya capacidad rondaba los 40.000 espectadores, o los seis encuentros en 34 días que el Sparta de Praga y el MTK de Budapest tuvieron que disputar en la primera ronda sin encontrar vencedor, hasta que se decidió echarlo a la suerte, que le sonrió al Sparta.

 

Al final, y a pesar de contundentes derrotas para equipos austriacos (Ferencvaros 8 – Florisdorf 0; Bologna 6 – Rapid 1), las grandes potencias futbolísticas del continente, Italia, recién coronada campeona del mundo, y Austria, cuyo Wunderteam ofrecía un espectáculo futbolístico inusitado, resultaron ser las protagonistas del campeonato. Los favoritos, sin embargo, la Juventus de Monti, de Orsi, de Cesarini, Combi y otros tantos campeones mundiales, caerían ante un Admira sin Toni Schall pero con un joven Hahnemann y un Vogl inspirados, quienes se enfrentarían en la final ante el Bolonia, campeón de 1932. Tras una derrota fuera de casa en un Prater abarrotado con 50.000 personas, la vuelta en el Stadio del Litoriale fue presenciada por los hijos de Mussolini, Bruno y Vittorio, quienes vieron como el Bolonia de los uruguayos Sansone y Fedullo, del gran Schiavio así como de Carlo Reguzzoni, máximo goleador de aquella Mitropa, aplastó 5-1 a un Admira que jugó prácticamente 80 minutos con 10 hombres. La voluntad del Duce se había cumplido.

 

En 1935 el formato de 16 equipos se mantuvo pero la balanza del fútbol centroeuropeo comenzó a inclinarse a favor del estilo húngaro, como se pudo apreciar desde la primera ronda en la cual el Ferencvaros de Gyorgy Sárosi y Géza Toldi venció por 8-0 al Roma, mientras el MTK de Cseh, de József Turay y Pál Titkos acribilló 7-1 al Admira de Viena, nada menos. El MTK caería más tarde ante una Juve que se enfrentaría a otro gigante del fútbol de la época, el Sparta, en una de las semifinales del torneo. Prácticamente eliminada, la Juve, aún con Monti y Cesarini, Ferrari y Varglien, pero también con Guglielmo Gabetto y Felice Borel, marcaría el 3-1 en el último minuto de la vuelta en el Comunale de Torino que obligaría a un partido de desempate a jugarse pocos días más tarde en Suiza. El Sparta, con goles de Braine, como no, y de Ferdinand Facsinek, sorprendería a la vecchia signora, uno de los mejores clubes de la época que, sin embargo, jamás lograría ganar la Mitropa.

 

La otra semifinal, entre el Ferencvaros y el Austria, colocó frente a frente a dos de los mejores delanteros de los 30: Matthias Sindelar y Gyorgy Sárosi, quien resultó líder goleador de aquella edición de la Mitropa. Sindi montó un espectáculo, pero en definitiva era el fútbol húngaro el que venía en ascenso, y fue el Ferencvaros el que disputó la final del ’35 con el Sparta. Final en la que no faltó la calidad, porque si bien Sindelar no pudo asistir, sí que estuvieron Raymond Braine y Oldrich Nejedly por el Sparta, quienes le dieron la victoria al combinado checoslovaco por segunda vez en la historia de la competición, en esta ocasión celebrando la inauguración del nuevo estadio de los de Praga, el Masaryk, que con una capacidad de 56.000 serviría como el equivalente checo del Wembley.

 

Aunque tal vez en declive, Matthias Sindelar y el fútbol austriaco aún contarían entre los protagonistas de los próximos años. La temporada de 1936 vio nuevos cambios en los estatutos de la Mitropa, especialmente en cuanto a los equipos que tendrían derecho a participar, entre los cuales contaban ahora cuatro combinados suizos que protagonizarían una ronda de clasificación con el cuarto clasificado de la liga de cada uno de los países que tradicionalmente habían disputado la copa. El Austria de Sindelar, de Karl Sesta (llegado del First en 1934), de Hans Mock, Rudolf Viertl y el capitán, Walter Nausch, se vio obligado, por lo tanto, a empezar su campaña en esta etapa de clasificación contra el Grasshoppers de Zurich, a quien logró vencer en ida y vuelta por 3-1 y 1-1.

 

Pepi Bican. Foto: autogramy.cz.

La siguiente ronda vería al Admira perder sorpresivamente ante un Prostejov que debutaba en la competición. A pesar de acabar eliminado, aquel Admira consiguió vencer 2-3 al combinado checo fuera de casa en un encuentro que vio un total de seis expulsiones, cinco de ellas al equipo de Viena. Aún sin Toni Schall (lesionado), la línea de ataque de ese Admira incluía a Willy Hahnemann, a Adi Vogl y, sobre todo, al impresionante Josef “Pepi” Bican, el mayor goleador en la historia del fútbol checo, quien había llegado del Rapid tras cuatro años de frustraciones en el equipo verdiblanco.

 

Sin embargo, la figura del verano de 1936 no sería Bican, ni Sárosi, ni Giuseppe Meazza, sino que lo sería Matthias Sindelar, a sus 33 años el líder indiscutible de un Austria que se apoyaba en él para superar cualquier obstáculo. Así fue en los octavos contra el Bolonia y así fue también en cuartos contra el Slavia, emparejamiento en el que Sindelar no anotó pero condujo el partido en casa a placer. Junto al Austria, el Ujpest del jovencísimo “Abel” Zsengellér, el Ambrosiana, que consiguió imponerse sobre el First de Gschweidl, quien ahora actuaba como entrenador/jugador, y el Sparta de Praga se enfrentaban en las semis.

 

El partido entre el Ujpest y el Austria en Budapest terminó en disturbios tras una victoria para los austriacos, y una lección futbolística de Sindi unos días más tarde en Viena resultó en el regreso del Austria a la final de la Mitropa, tres años después de haberla conquistado por primera vez. Su rival sería un Sparta inspirado que había conseguido disponer del Ambrosiana tanto en la Arena Civica de Milán como en el estadio de Letná. A pesar de contar con protagonistas como Raymond Braine, Nejedly, Facsinek, Pepi Stroh, Rudolf Viertl, Jerusalem o el propio Sindelar, los dos partidos de la final fueron dominados por las zagas respectivas, también repletas de estrellas como Nausch, Mock, Sesta y Adamek por el lado austriaco y Kostálek, Burgr, Ctyroky y Boucek por el otro bando. Tras un empate a cero en Viena parecía que el Sparta repetiría como campeón, pero un desempeño disciplinado en un estadio de Masaryk (conocido hoy en dia como Evžena Rošického), repleto hasta las líneas de banda con 58.000 espectadores cargados de hostilidad, se transformó en el 0-1 que le daría el título al Austria y que marcaría el apogeo del fútbol austriaco.

 

Al mismo tiempo que el proceso de expansión de la Mitropa se extendía, aparentemente augurando un futuro estable y prometedor durante la segunda mitad de la década de los 30, la copa se aproximaba junto al resto del continente, a tientas y sin saberlo, a una catástrofe definitiva. Pero el fútbol europeo aun sufriría un ultimo vuelco antes de caer en el coma que le induciría la Segunda Guerra Mundial. Y es que, en parte dadas las circunstancias que llevaron al Anschluss de Austria en 1938 y pocos meses mas tarde a la invasión de la zona occidental de Checoslovaquia por parte de Alemania, y en parte dadas las firmes bases que el deporte había sembrado en la cultura húngara desde comienzos del siglo XX, hacia finales de los años 30 la escuela danubiana encontraría su mayor y más exitoso exponente no en los campos de Viena sino, más bien, en los de Budapest.

 

Caricatura de Sárosi. Foto: tempofradi.hu.

El baluarte de aquella generación (envidiable como la que más) de futbolistas húngaros, vamos, el chico de la película, sería Gyorgy “Gyurka” Sárosi, uno de los mas versátiles jugadores que consiguieran brillar en la escena internacional en la historia del fútbol. Amante de las leyes, interrumpió sus estudios para dedicarse al balonpié, antes de volver y graduarse como abogado. Ademas era un goleador temido, un medio centro creativo con gran llegada y uno de los mejores defensas del mundo, de un mundo que era todavía previo al de Di Stéfano pero que me trae a la memoria aquella famosa cita de la saeta rubia en relación al mito del 2-3-5: ¿De veras se creen que éramos tan idiotas para defender con dos jugadores a cinco atacantes?, diría alguna vez la leyenda del Madrid, o al menos así es como recuerdo sus palabras: “En aquella época defendíamos todos y atacábamos los que sabíamos”.

 

Gyorka Sárosi, el doctor, sabia atacar y defender como los mejores, pero en la Mitropa de 1937 con un Ferencvaros imparable, su función primordial sería la de atacar. Aquella edición de la única competición regional de clubes de la época incluiría por primera vez a un representante del fútbol rumano, el Venus de Bucarest, campeón de liga, y significaría el breve retorno, tras ocho años de ausencia, del fútbol yugoslavo a la competición con el Gradanski de Zagreb, el predecesor del Dinamo que en aquella época era entrenado por el mítico defensa del Ferencvaros, Márton Bukovi. En tanto, la presencia de equipos suizos se reduciría a dos, Grasshoppers y Young Fellows, ya que el formato volvía a ser de 16 equipos, sin ronda de clasificación. Tras una primera ronda en la que brillaron figuras como Gyula Zsengeller, el jovencísimo Fredy Bickel del Grasshopper, Walter Nausch, Lazslo Cseh o Silvio Piola, los cuartos de finales fueron los protagonistas de un espectáculo extra deportivo lamentable entre el Genoa y el Admira.

 

La animosidad entre ambos conjuntos reflejaba acaso la tensión política que se vivía entre la Italia fascista y una Austria dividida entre nacionalistas y liberales que respiraba a diario la amenaza de una absorción por parte de Alemania. Lo curioso es que el partido de ida, disputado en el Prater de Viena, contó con la presencia de unos 44.000 aficionados, muchos de ellos fanáticos del rival vienes del Admira, el Austria. El Genova, por lo tanto, se encontró con un clima menos hostil de lo esperado, aunque las agresiones de un partido excesivamente violento incitaron la furia de los de casa. Ya cuando en el minuto 83 Paolo Agosteo se encargó de mandar temprano a las duchas al delantero del Admira, Franz Schilling, se respiraba un ambiente de tensión absoluta dentro y fuera del terreno de juego. La expulsión de Agosteo y el penalty que Toni Schall convertiría un momento más tarde asegurarían el empate del Admira—uno de esos empates que saben a derrota. 

 

Pero la ventaja que el Genoa había conseguido con ese 2-2 seria inútil e inconsecuente, pues la vuelta, pautada para una semana más tarde, nunca llegaría a jugarse, dadas las escenas de violencia que plagaron aquel primer partido.

 

La politización del encuentro llegó a tal punto que el jefe de la policía local de Genoa declaró imposible garantizar la seguridad de los jugadores, sin intimar el detalle que el estadio Luigi Ferraris había sido alquilado simultáneamente para una función de opera. Lo cierto es que el propio Ministro de Relaciones Exteriores y yerno de Benito Mussolini, Ciano Galeazzo, canceló el partido el mismo día en que debía realizarse, desencadenando una polémica que acabaría con la eliminación de ambos clubes y el pase directo de la Lazio, equipo predilecto de Mussolini, a la final, tras eliminar al Grasshoppers de Bickel. Alli se enfrentaria a un Ferencvaros que de la mano de Geza Toldi (9 goles) y el Dr. Sarosi (bota de oro con 12) había derrotado al First de Gschweidl y había superado un déficit de 4-1 tras el partido de ida en la semifinal contra el Austria de Sindelar. La final, un cara a cara entre dos de los grandes goleadores de la época—Silvio Piola y Gyula Sárosi—sería un preview de la final del mundial de 1938, donde Hungria e Italia, se jugarían el campeonato. La Mitropa la ganaría el Ferencvaros de Sárosi, quien marcó tripletes en la ida y en la vuelta—pero el Mundial sería de la Italia Piola.

 

Piola y sus famosas media voleas. Foto: sslazio1900.it

Aquella sería la última Mitropa para los combinados austriacos, pues antes del verano de 1938 el país sería absorbido por las aspiraciones imperiales alemanas. Sin la influencia de su creador, Hugo Meisl, quien había muerto de un infarto en 1937, ni la presencia de la potencia dominante del fútbol continental hasta entonces, la Mitropa trasladaría su centro gravitacional hacia la bota itálica. Sin embargo, hasta el colapso de la competición, en pleno conflicto bélico durante el verano de 1940, la figura dominante a nivel futbolístico sería el Ferencvaros de Sárosi. En la final de 1938 los verdiblancos se enfrentían a un Slavia cuyo proceso de rejuvenecimiento había producido figuras como Vlastimil Kopecky y, sobre todo, Pepi Bican. En el camino, el Slavia había maniatado a la defensa del Ambrosiana en una semifinal histórica en el Letná, donde el equipo checo había sepultado las ambiciones del campeón italiano un contundente 9-0 en el que Bican había marcado cuatro. El Ferencvaros, por su parte, había despachado a la Juventus de Turín y llegaba a la final con grandes expectativas. La ida en el Masaryk de Praga terminó en un 2-2 y con la vuelta en casa parecía que el equipo de Budapest conseguiría defender su título, pero la calidad de Bican salió a relucir y le dio al Slavia el primer y único título europeo en su historia.

 

Zsengeller y Sarosi. Foto: huszadikszazad.hu

La decepción de los fanáticos del Ferencvaros no encontraría consuelo la temporada siguiente—la que resultaría ser la última de la Mitropa. El formato de la competición se vio reducido de vuelta a ocho equipos, la menor concentración desde 1933. A pesar de la invasión alemana de la parte occidental de Checoslovaquia, tanto el Slavia como el Sparta consiguieron permisos oficiales para participar, enfrentándose respectivamente al BSK de Belgrado y el Ferencvaros de Budapest. Los resultados en ambos casos fueron derrotas, y las semifinales sirvieron como trágico fuero para la consagración del fútbol húngaro en un momento cuando lo que menos importaba era el deporte. El Ujpest venció al BSK con un aplastante 7-1 en el partido de vuelta de las semifinales, en el que Abel Zsengellér consiguió marcar cinco goles, todos en la segunda mitad, y el Ferencvaros de Sárosi consiguió sobreponerse a un un triplete del uruguayo Héctor Puricelli en la derrota de 3-1 en Bologna con cuatro goles del aguerrido Geza Toldi en el partido de vuelta en Budapest, que terminó 4-1. 

 

La final, la única entre equipos húngaros, se disputaría el 23 y 30 de julio de 1939, exactamente dos meses antes del comienzo del mayor conflicto en la historia de occidente. El enfrentamiento entre los dos más grandes goleadores de la época en Hungría, Gyorgy Sárosi y Gyula Zsengellér se definiría en la ida, con dos dobletes de Zsengellér y Géza Kocsis (quien no tiene relación alguna con el Sándor del Barcelona). El Ujpest, diez años más tarde, se coronaría por segunda y última vez en la historia de la Mitropa.

 

De no ser por la tragedia que habría de abrumar al continente por la próxima década, el resto de la historia de la primera competición internacional europea sería meritoria de alguna lágrima. En 1940 sólo participarían equipos de Yugoslavia, Rumania y Hungría. El Ferencvaros, de nuevo, se convirtió en el combinado a vencer, pero la final ante el Venus de Bucarest, a disputarse en julio, fue suspendida por, ni más ni menos, la Segunda Guerra Mundial. Era el triste final de una era que fue violentada por las circumstancias de la historia. 

 

La orejona, trofeo de la Copa de Europa. Foto: replicatrophycollector.com.

La Mitropa volvería, nominalmente, en 1955, pero para entonces otras competencias, más inclusivas, más representativas, habían poblado el panorama futbolístico internacional. El final, aunque prolongado (hasta los años 90) era tan inevitable como lo fue indigno—la Mitropa terminó por no ser más que un torneo dominado por equipos de la Serie B italiana necesitados de trofeos que exhibir en sus gabinetes. Sin embargo, la magnitud de un torneo tremendamente popular en el período de entreguerras seguramente sirvió como factor determinante años más tarde cuando un tal Gabriel Hanot y otro tal Santiago Bernabéu se pusieron de acuerdo y organizaron la primera Copa de Europa, por allá por 1955. Lo demás, evidentemente, es parte de otra historia. Una que posiblemente retomemos en otra ocasión…

 

 

Publicado por entregas en Fronterad entre septiembre y diciembre 2012.  

Fuentes:
MITROPA 1927-37: http://www.iffhs.de.
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